Volver a La Habana

Agosto 2016

Llegar de nuevo a El Vedado fue una sensación parecida a cuando uno vuelve de vacaciones. La vuelta a casa, al barrio. Esa sensación extraña de “esta zona me la conozco”. Ya no nos sentíamos perdidos. Le cogimos tanto cariño a esa zona y a esa familia que decidimos pasar 6 días más en La Habana, llegando a 13 en su totalidad.

Como llegamos por la tarde, decidimos descansar lo que nos quedaba de día y esa primera noche dormimos en casa de una vieja. No nos gustó el trato, se mostraron bastante bordes. A eso de las diez de la noche, uno de mis amigos estuvo charlando con una de las dueñas de la casa -en este caso, la hija de la vieja- y le dijo algo así como “si no os gusta el piso os podéis ir” y es que, encima, una de las habitaciones olía a mierda.

Al día siguiente fuimos a la casa de alquiler de una amiga de Marta, a unos cinco minutos de la anterior, ya que la suya estaba ocupada por un francés. Era un piso que nos salió bastante económico, pero que no tenía las comodidades del anterior. Podíamos “cocinar” más o menos.

Uno de los objetivos de la vuelta a La Habana era visitar lo que nos quedaba pendiente. Pero, como ya sabemos, la ciudad es gigantesca, hay mil cosas que hacer en ella y en Cuba las cosas van lentas. Aunque teníamos muchos planes para los siguientes seis días, no acabamos haciendo ni el 10%.

El primer día decidimos a dar una vuelta por El Vedado. A primera hora de la mañana fuimos a tomar algo a una cafetería en la que nos llevamos una desagradable sorpresa. Nos intentaron timar de mala manera. Al principio resultaron muy simpáticos, pero luego, al pedir la cuenta, todos los precios habían subido. Lo que en realidad costaba 20 dólares nos lo querían cobrar por casi 40. Después de una lucha emprendida por Antonio, el padre de unas amigas que había decidido visitar Cuba por su cuenta, logramos nuestro objetivo.

Y es que no puede ser más cierta la frase que dice “a veces con una sonrisa te la clavan por la espalda”. La lección que se extrae de estos casos es que mires siempre los precios antes de consumir y repases la cuenta.  Al acabar este pequeño altercado, fuimos a La Rampa, un centro cultural/mercadillo muy recomendable, en el que uno podía comprar artesanía, ver espectáculos y etcétera por un módico precio.

Por la tarde tuvimos una de las experiencias más bonitas e impactantes del viaje. Gracias a Antonio pudimos ir al ático de Diana Balboa, una de las pintoras más reconocidas de Cuba, aunque después de equivocarnos de casa por una confusión muy divertida. La situación confusa fue la siguiente: Antonio estaba convencido de que Diana residía en un bloque azul de El Vedado, cercano a una gasolinera y enfrente del Malecón.

Fuimos a ese bloque. Llamamos al timbre y nadie respondía. Antonio creía que vivía en el 14º piso, pero resultó que ese piso no existía. Unos vecinos nos increparon. Se puso a chillar desde abajo “¡¡DIAANAAA, DIANAAA!!”, ya que cuando él fue unas semanas atrás, Diana le abrió mediante el grito de un cubano desde abajo. El boca a boca funciona en Cuba.

Después de insistir acabamos desistiendo y fuimos definitivamente a la casa de Diana. Es que encima el número de su casa no coincidía con la dirección de Diana. Una situación muy divertida. Nos reímos mucho.

Llegamos al ático y Diana nos recibió con una grata hospitalidad. Nos enseñó su espectacular piso, con vistas increíbles y con una decoración increíble, llena de cuadros y esculturas propias. Nos ofreció galletitas, café y un sabroso vodka ruso. Nos dio una clase magistral de filosofía y de experiencias vitales.

Era la atípica persona que te deja boquiabierto por todo lo que te puede llegar a explicar. Su mujer, fallecida hace pocos años, era la cantante cubana Sara González. Con ella estuvimos hablando de todo. De muchos aspectos de la sociedad y la historia cubana, de sus viajes como artista, de su concepción de la vida…

Recuerdo especialmente una frase que me marcó: “Prefiero la palabra reciprocidad a la de agradecimiento. Agradecimiento es un concepto cristiano, reciprocidad implica una correspondencia mutua”. La experiencia con Diana nos marcó.

Al día siguiente estuvimos paseando por La Habana Vieja, en la que, por cierto, los lunes no abren los museos. Nos tomamos un chocolate muy sabroso y fuimos a un mercadillo para comprar souvenirs, el mejor y el más barato que vimos en Cuba. Seguidamente comimos en un paladar en Moneda Nacional, en la Habana Vieja. Pese a ser el barrio más emblemático de la ciudad y el más turístico, uno puede encontrar sitios baratos -eso sí, siempre preguntando-.

Por la noche fuimos a tomar algo a un bar musical cercano a nuestra casa llamado El Cimarrón. Dio la casualidad de que unos jóvenes estaban tocando son cubano y nos pusimos a comer delante de ellos. Entablamos una relación amistosa y comenzaron a dedicarnos canciones, hasta que literalmente nos obligaron a salir a bailar. Me dieron las maracas y me animé a bailar en el escenario -con unas cervezas de más- y al final acabaron saliendo todos y pasamos una gran noche, mientras caía un tormenta tropical.

Nos quedaba poco tiempo en Cuba y aprovechamos para relajarnos y acabar de ver lo pendiente, así como despedirnos de Marta y Alberto.

Por ello, hicimos una fiesta con ellos en el que nos hicieron un lechón con tamales exquisitos (carne con maíz hervido) y bebimos y disfrutamos de una alegre y emotiva velada. También fui en barco a Casa Blanca, al centro cultural Bertolt Brecht a ver hip hop cubano, a la Universidad de La Habana –preciosa, – y al callejón de Hammel.

Llegó el último día (el vuelo salía a medianoche) y compré unos 14 libros. Nos despedimos de la familia, luego de que nos invitaran a comer en su hospitalaria casa. Nos vino a recoger un taxista muy amable que conducía un Laday nos explicó que había trabajado de ingeniero nuclear durante muchos años y que había estado en más de ochenta países. Después de eso llegamos al aeropuerto y comenzó la espera, de nuevo. Malditos aeropuertos y malditos vuelos.

Clima y naturaleza en Cuba

Agosto 2016

El clima cubano se conoce técnicamente como subtropical moderado y se caracteriza por la humedad y unas temperaturas elevadas durante todo el año, pero con dos estaciones marcadas: el llamado verano, la temporada que se extiende de mayo a octubre, más lluviosa y  con los termómetros rondando constantemente los 30º, y el inverno, más seco y un poco más fresco, aunque las temperaturas rara vez bajan de los 20º.

La temporada alta de turismo tiene dos picos que condicionan los precios: uno en invierno, época en la que los canadienses comienzan a llegar, y otro en verano, cono turismo más europeo. El calor te anula.

El tiempo en La Habana era muy pegajoso -dabas un paso y te ponías a sudar-, mientras que en Santiago, en el sur, era mucho más seco. Las lluvias tropicales impresionan, me imaginaba a Dios tocando los tambores del apocalipsis. La época de huracanes y ciclones (de junio a noviembre) pone en alerta al país pero no colapsa su día a día, ya que disponen de protocolos y están acostumbrados. Una mujer me comentó que los ciclones son lo mejor para el cubano puesto que le permite estar tres días sin trabajar.

El paisaje es selvático en su totalidad y, más allá de La Habana y Santiago, es todo prácticamente rural. En época precolombina toda la isla estaba cubierta por bosques densos, pero con la llegada de los españoles se comenzó a deforestar y urbanizar paulatinamente. Las plantas crecen a una velocidad increíble, por lo que te encuentras árboles enormes y una vegetación descontrolada

Es una isla muy bonita, “la tierra más hermosa que ojos humanos hubieran visto”, tal y como dijo Colón al desembarcar en la isla el 28 de octubre de 1492. Además de la selva, uno puede disfrutar de playas preciosas, con aguas cristalinas y arena fina. En la isla apenas hay montañas elevadas, limitadas al sur con Sierra Maestra, y los ríos son cursos pequeños y de pocos kilómetros. La única zona desértica está en una parte de Oriente. Todo es verde.

Me sorprendió la cantidad de perros que hay sueltos por la calle. La mayoría de ellos fueron abandonados y ahora vagabundean por pueblos y ciudades, buscando algo que echarse a la boca. Suelen ser pequeños, sucios y pulgosos, con cara triste y esperando recibir la hospitalidad de algún humano, que difícilmente llega. Vi algunos muy delgados pero otros gordos.

Por Cuba también uno puede ver carros a caballo, sobre todo en ambientes más rurales, y vacas, gallinas, cerdos, etc. La cantidad de buitres que hay rondando por las ciudades también impacta. Y en general hay muchos bichos molestos.

Camagüey y Santa Lucía

Agosto 2016

A Camagüey, el ecuador del viaje, llegamos tras dos semanas viajando por la isla. Con 323.000 habitantes, es la ciudad más poblada de Cuba  después de La Habana y Santiago. Y personalmente es también la que menos me ha gustado del viaje. Tiene un centro histórico decente, bien conservado y agradable, a la par que laberíntico. Apenas estuvimos dos días y uno de ellos lo malgastamos en la mejor playa que estuvimos de Cuba, Santa Lucía.

El recibimiento en Camagüey fue extraño de por sí. Para evitar timos, entre algunas casas de alquiler se usan contraseñas. En este sentido, para poder entrar al piso y tomar contacto con la familia, teníamos que decir una palabra secreta, que era el nombre de la anterior casa.

Nos recibió una vieja que nos causó malas sensaciones desde el primer momento. La entrada de la casa estaba plagada de peluches y era todo superhortera. Tenía una terracita agradable. El problema de la mujer era lo precavida que era con la seguridad. Era una obsesa y no se iba a dormir hasta que nos fuésemos nosotros. Nos intentaba controlar y nos daba consejos absurdos.

No tuvimos contacto con la gente de Camagüey. Lo que más me gustó fue un restaurante que se llamaba La Tula, que era baratísimo y en el que la comida estaba muy sabrosa.

El segundo día en la ciudad fuimos a la playa de Santa Lucía, a más de una hora de camino. Era una preciosa playa de aguas cristalinas, con cocoteros y poca gente. Allí aprendí a abrir un coco con un palo, aunque normalmente se utiliza el machete. Afilas un palo con una piedra y le das forma de punta, posteriormente lo clavas por la raíz del coco y, si tienes suerte, encontrarás fortuna. El cocotero es el árbol de la supervivencia. En un clima cálido, te puede dar la vida.

Otra cosa que me llamó la atención en esa ciudad fue el Wi-Fi. En una de las plazas para conectarse había un grupo de jóvenes cubanos que ofrecían conectarse a Internet mediante un chanchullo que montaban. Resultaba un dólar más barato que lo que ofrece el Estado con las tarjetitas ETECSA. Les dejabas el móvil, te lo configuraban y, ¡tachán!, te conectaban a Internet. Les llamamos la “Mafia del Wi-Fi”. Era contrabando de la red.

Trinidad, la ciudad colonial

Agosto 2016

La pequeña y coqueta Trinidad (76.000 habitantes), fundada en 1514 por el conquistador español Diego Velázquez de Cuéllar, es posiblemente el ejemplo máximo de ciudad colonial cubana. Está bien conservada y posee una bonita arquitectura, muchas de ellas antiguas casonas que en otros tiempos estuvieron dedicadas a la fabricación de azúcar, lo que le ha llevado a ser inscrita en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. El centro histórico es precioso y pasear por allí es una opción más que recomendable.

A diferencia de Cienfuegos, es mucho más turística y cara. Nuestro grupo durmió en una casa de alquiler a unos 15 minutos del centro, por lo que estábamos más alejados, pero gracias a ello descubrimos un paladar (restaurante particular) en el que comíamos baratito.

El trato con la familia no nos gustó especialmente y nos timaron de mala manera. Siempre pregunta antes los precios. Cometimos el craso error de no hacerlo y por lavar la ropa de los siete nos cobraron nada más y nada menos que 40 euros. ¡Cobraban por pieza, los cabrones! Pero, bueno, al fin y al cabo son cosas que uno aprende mientras viaja.

Estuvimos tres días en Trinidad, y aprovechamos para turistear, pasear, descansar, ir a una piscina cubana, a una discoteca y a la playa.

El ambiente de la piscina me recordó a la playa. Cubanos bebiendo ron y cerveza mientras bailaban en la piscina. Incluso vi a uno comiéndose un plato de espaguetis. Fuimos también a la discoteca La Cueva, la más conocida de la zona, en la que había muchos turistas.

Estaba literalmente metida en una cueva -tenía ese olor característico- y valía cinco euros entrar con una consumición. No era nada del otro mundo pero tenía su gracia, aunque estaba a petar y hacía un calor tremebundo. La discoteca cerraba a las tres y acabamos en un puesto de la calle tomando unos mojitos junto a un par jóvenes cubanos con los cuales estuvimos charlando sobre temas variados.

Al día siguiente nos dirigimos a Playa Ancón, una bonita playa a una media hora de Trinidad. Era un lunes y fuimos a las 10 de la mañana, por lo que había poca gente y se estaba muy tranquilo.

Uno de mis amigos me comentó que la mejor manera de superar una resaca en el Caribe es ir a la playa a pasar el día. Lo corroboro. Una pizza, un coco y un buen remojo lo hacen pasar todo. Como se podía practicar snorkel, nos alejamos un pelín para intentar ver algo por las profundidades del mar. Recuerdo ir caminando por la playa y ver un manglar precioso, con miles de peces revoloteando a sus alrededores.

Costumbres, piropos y diversidad cultural en Cuba

Agosto 2016

El término sociedad en sí es muy complejo y no pretendo entrar en un denso debate, así que los temas tratados van en torno a “cómo es la gente”. 

Me gustó especialmente la palabra cubaníaque hace referencia al estilo de vida cubano. Y esto es, al fin y al cabo, lo que yo personalmente intenté en el viaje: vivir con ellos, hablar con ellos, aprender de ellos e intentar entenderlos. 

El estilo de vida de los cubanos es un ritmo pausado, tranquilo y sin mucho estrés. El cubano es, de por sí, un ser muy sociable, hablador y extrovertido. Su actividad preferida es charlar, sobre cualquier tema y con quién sea. Sacar las mesas y los sillones a la calle, como en algunos lugares de Andalucía.

Es estar paseando, sentado en una plaza o haciendo cualquier cosa que aparecerá un cubano y entablará conversación contigo.

Por eso digo que en Cuba la actividad que más he realizado, y con la que más he aprendido, ha sido justamente ésta. Interactuar con ellos, conocerlos, tener contacto. Comúnmente nos confundían con argentinos, chilenos o italianos, y si nos reconocían como españoles, nos llamaban vascos. “Oye papi”, “Mi amol”, “Asere”, “¿Dónde está tu jevita?, son frases que te suelen decir.

Además de charlar, son aficionados al dominó y al ajedrez. Sacan mesas a la calle y se ponen a jugar. Y, normalmente, hay espectadores viendo las partidas. También les gusta pasear, bailar, cantar, beber cerveza y ron (sobre todo blanco). En general, sus costumbres del día a día están orientadas a hacer vida en la calle. En cuanto a las tradiciones culturales, por ejemplo las celebradas en Navidad, son compartidas con España.

Paseando por el Paseo del Prado de La Habana recuerdo una conversación que escuché entre dos cubanos que me hizo pensar en el carácter de la isla. La situación era la siguiente. Estaban dos pintores hablando entre ellos y de repente uno le pide algo al otro y este último reniega, por lo que el primero dice: –“¡Asere! ¿es que no te enseñaron los valores de la Revolución? ¿Dónde está el altruismo y la solidaridad de los cubanos? ¿Dónde?”.

Esta frase me dejó marcado y le estuve dando vueltas durante unos días. ¿Es la historia la que ha hecho propio del carácter cubano la dignidad, la solidaridad y el altruismo o es la Revolución la que ha inculcado estos valores? ¿Es la educación la clave de todo?

Son preguntas que no se pueden responder, pero una cosa observable dentro de la cubanía es la solidaridad que existe entre ellos, o por lo menos esa sensación tuve. En líneas generales, los cubanos se ayudan entre sí. Tienen contactos por toda la isla y se apoyan entre ellos. Esto no quiere decir que no haya gente que se mueva por intereses.

La juventud cubana fue también uno de los debates constantes que tuvimos en el grupo. En cuanto al pensamiento revolucionario se refiere, desde el primer momento tuve la percepción de que había una gran diferencia entre jóvenes y adultos. Pero no nos engañemos: es algo que siempre ha ocurrido.

La juventud trae la fuerza, las nuevas ideas, las ganas de cambiar las cosas. No podemos menospreciar a la juventud como sujeto, sino que tenemos que llegar a comprenderlo. Como persona ubicada en esa etapa vital, relacionarse con cubanos de la misma edad es completamente necesario.

Sin embargo, hablé más con gente mayor que con jóvenes. La primera impresión que tuve sobre la juventud cubana fue algo así cómo: “La juventud ha perdido los valores revolucionarios y se encuentra afectada por una nueva era de Internet, de influencia del reggaetón y de peinados “de estilo”, de apariencias en cuanto al ropaje. Una juventud perdida”. ¿Realmente ocurre eso?, ¿existe una juventud sin futuro en Cuba?, ¿no os recuerda a algo esto de juventud sin futuro?, ¿o es que realmente es una situación global?  

Sin embargo, más allá de lo que uno ve en los videoclips de Miami, hay una juventud organizada, sobre todo en el ambiente universitario. Conversaciones con jóvenes tuvimos bastantes: algunos estaban “perdidos”, otros confiados de la Revolución, otros occidentalizados…

El interés por esta cuestión me llevó a comprarme un libro sobre la juventud cubana, Socialización de adolescentes y jóvenes: retos y oportunidades para la sociedad cubana actual, de María Isabel Domínguez, Idania Rego y Claudia Castilla. Leyéndolo por encima me gustó una evolución que plantean sobre la juventud cubana, dividida en cinco etapas.

Una primera (1960-1970) en la que la “juventud es un actor protagónico de la transformación social gracias a la Revolución y se convierte en un sector realmente estratégico para el desarrollo de la nación”.

En la segunda (1970-1985), “los estudiantes comienzan a configurarse como un grupo etario, en el que el número aumentó gracias a la universalización de la educación y se centraron más en un ámbito educativo”.  

La tercera etapa (1985-1990) se caracteriza por un incremento de la participación popular y el surgimiento de nuevas organizaciones.

En la cuarta (1990-2000), la crisis económica afectó a la juventud, dificultando su inserción laboral y produciendo un mayor repliegue a metas menos colectivas. Dentro de la juventud proliferaron la prostitución, el alcoholismo y las conductas violentas.

En la última etapa que describe el libro (2000-?), la juventud se vuelve más heterogénea. Los estudios de las investigadoras nos muestran la complejidad de la socialización juvenil cubana, que se encuentra en un proceso de mutación constante y que factores como Internet, el turismo y la globalización afectarán en gran medida a este estrato social.

En cualquier caso, Cuba se enfrenta a otro problema: el descenso de la natalidad, que le ha llevado a ser el segundo país más envejecido de América tras Uruguay. De no cambiar la situación, las proyecciones demográficas indican que la población cubana se estancará o incluso empezará a perder población en pocos años.

Lo que yo personalmente he llamado “cultura del piropeo” o “cultura del ligoteo” es una manera de decir que los cubanos son más calientes. El término caliente, expresado por mi parte sin un tono peyorativo, hace referencia a una mayor sexualización -un antropólogo o un sociólogo me mataría por esta palabra, pero es la que me viene a la cabeza- de la vida cotidiana, en el que ligar es fácil y no les da vergüenza, y en el que el piropo es una de sus bases.

En Occidente, el piropo muchas veces está asociado al retrogradismo y es interpretado muchas veces como machismo. En Cuba, la “cultura del piropeo” cambia todo eso. El piropo, según explicaban las cubanas, es visto como un halago y es lo común. Cómo turista-blanco-occidental con plata, los piropos eran constantes. Porque en este sentido, no son unidireccionales hombre-mujer, sino que la mujer cubana también piropea. Por la calle, de vez en cuando, me silbaban, me mandaban besos e incluso a veces te cogían del brazo.

Y una frase que me hizo mucha gracia fue: “Usted está biutiful, está de muy buen ver”. Al principio hace gracia, luego acabas pasando. Además, están obsesionados con tener pareja. En la playa de Bacuranao, hablando con unos niños de 4 años, no paraban de decirme si yo y una amiga del grupo éramos novios. Y al responderle que no, se extrañaban. Esta situación era constante. “¡La jevita, papi!, usted necesita una cubanita pa’ estar feliz”.

Cuando hace unas páginas hablaba sobre el cambio de lentes necesario para comprender otra sociedad, con este tema ocurre lo mismo. Aunque uno tenga un pensamiento específico, cuando conoce a otra cultura tiene que intentar adaptarse. Con esto no quiero decir que la cultura lo justifique todo. No. Pero en este caso, el feminismo occidental es muy diferente del feminismo del socialismo cubano. Aunque los patrones patriarcales se sigan reproduciendo, la Revolución dio mucha importancia a la igualdad de género y se lograron importantes avances en materia legal y social. Por ejemplo, una cuestión que planteaban mis amigas feministas era sobre la violencia de género (sobre todo entendida como la violencia física directa).

Uno de mis amigos estaba hablando con una universitaria que nos hacía de guía y le mencionamos el tema. Mi amigo le preguntó si sentían acosadas por los piropos y ella no logró entender bien la pregunta. Los piropos están insertos en la sociedad cubana.

Por último, en este capítulo sobre la sociedad cubana hablaré sobre la multiculturalidad, el racismo y la homofobia. Para situarnos en contexto, antes de que Colón pisara Cuba en 1492, la isla estaba poblada por indígenas caribeños, pero la llegada de los españoles supuso su progresiva desaparición bien por matanzas bien por enfermedades, por lo que actualmente no quedan poblaciones amerindias puras. Durante el periodo colonial, no obstante, se inició un cierto mestizaje que aún es perceptible entre las poblaciones locales.

Finalmente, la llegada de miles de africanos transportados como esclavos entre los siglos XVIII y XIX acabaría configurando la actual diversidad racial de la isla. El mestizaje que se estaba creando era una combinación entre blancos, que hoy suponen el 64% de la población (esencialmente españoles, y en menor medida franceses e ingleses, aunque estos apenas se relacionaban sexualmente), negros y mulatos.

Las poblaciones negras o mestizas son dominantes en tres de las dieciséis provincias cubanas: Santiago, Granma y Guantánamo.

Como se describe en el libro La isla de Cuba, de Hippolyte Pyron, en la sociedad cubana del siglo XIX existía un fuerte racismo. Los negros estaban bajo el yugo de la esclavitud e incluso los mulatos eran racistas con ellos.

Cuando se realizaba la trata de negros en forma abierta –explica Pyron-, se les encerraba en Cuba, como cerdos en una especie de cobertizo; allí el público iba a comprarlos en igual forma que se hace con la bestias; se les vendía a un precio vil y por decenas” […] “Los derechos otorgados a los negros se reducen a cuatro, que son los siguientes: 1. La facultad de casarse a su gusto; 2. La facultad de buscar amo menos seguro; 3. La posibilidad de comprar su libertad mediante el trabajo u obtenerla como recompensa por sus buenos servicios; 4. El derecho de poseer algunos bienes y de pagar, en consecuencia, por la libertad de sus mujeres y de sus hijos”.

Aun así, los cuatro supuestos derechos eran violados sistemáticamente. Por ello, en esas épocas ya comenzaron a aparecer algunas organizaciones en defensa de los negros.

El libro de Pyron, escrito desde la perspectiva de un académico francés que decide conocer Cuba, también describe otros elementos interesantes como la relación de los catalanes con la isla. “Cataluña, por sí sola, suministra un mayor contingente de habitantes a Cuba que el resto de España, así pues el comercio de la ciudad (Santiago) está casi enteramente invadido por los catalanes, quienes acaparan cuanto pueden”.

La Revolución consiguió unificar bajo la legalidad a las culturas cubanas, dándoles los mismos derechos, con el objetivo de crear una sociedad multicultural libre, sana y sin racismo. Pese a ello, muchos asuntos quedaron pendientes, ya que las condiciones sociales de los blancos eran mejores que las de los demás.

Un aspecto interesante que me comentó mi padre antes de viajar a Cuba fue precisamente el del racismo latente. Y me formulaba las siguientes preguntas: “¿Por qué los ilustrados cubanos normalmente son blancos?, ¿por qué los revolucionarios del 26 de Julio también lo son? Estuve dándole vueltas al tema y conversando con cubanos para intentar averiguar sobre ello.

Las razones que logré sacar, pese a sus complejidades, giraban en torno a la huella dejada por siglos de esclavismo. También me sorprendió un argumento que me dieron: “En la Revolución, originada en Oriente, la mayoría eran cubanos emigrados del este de la isla, en la que predominaban los blancos”. Recuerdo, por ejemplo, la visita al Museo de la Revolución en La Habana, en el que la mayoría de los líderes revolucionarios eran blancos y apenas había negros. En este sentido, uno de los objetivos de la Revolución ha sido unificar socialmente a los cubanos, más allá de las razas. Pero a partir de la llegada del turismo y el periodo especial de los años 90, el racismo pareció volver.

Me compré un par de libros más sobre el racismo y la multiculturalidad. El primero, Las relaciones raciales en Cuba, un estudio de varios antropólogos cubanos, explica que “en los años noventa del pasado siglo, durante la crisis socioeconómica ocurrida en Cuba, comenzaron a reproducirse desigualdades hacia la población negra y mestiza en menor grado, fundamentalmente en la estructura sociolaboral, las formas alternativas de ingreso económico y la ocupación del espacio urbano y la vivienda” y en consonancia a la huella antes mencionada

En Cuba, el racismo encontró, en la explotación de la mano de obra del negro esclavo durante la Colonia y en las estructuras de dominación en las que devino luego el capitalismo dependiente, condiciones propicias para afirmarse profundamente en las ideologías, la psicología social y las prácticas cotidianas”. El propio José Martí decía que “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro. Cubano es más que blanco, más que mulato, más que negro”.

En el segundo libro, Una nación para todos, de Alejandro de la Fuente, un análisis de  la evolución de las desigualdades de raza en el siglo XX, el autor explica la complejidad del fenómeno y cómo éste llega a afectar a todas las esferas sociales.

Quería hacer una pequeña mención a la homofobia en Cuba. Pese a que tienen una ligera cobertura legal, en general los movimientos LGTB no son muy aceptados socialmente. Pese a varios intentos de reforma dentro de la sociedad cubana, aún quedan muchas qué hacer. La hija de Raúl Castro, Mariela, está moviendo hilos al respecto.

Cienfuegos y Santa Clara

Agosto 2016

Cienfuegos, a 230 km de La Habana, es la siguiente parada de nuestra ruta por la isla. Casualmente es el nombre de mi calle en Barcelona, ya que en el barrio donde resido hay muchas calles que tienen nombres de los Indianos, catalanes que iban a hacer dinero a Cuba. Mi barrio también tiene calles con nombres de ciudades cubanas como Pinar del Río o Matanzas.

Más allá de esta curiosidad, Cienfuegos es una realidad totalmente diferente a La Habana. Pasamos prácticamente de 2 millones de personas a solamente 150.000. Lo que supone más tranquilidad, calles más anchas, arquitectura diferente, menos suciedad, acento ligeramente diferente y menos gente. En Cuba apenas hay edificios altos, solamente unos pocos en La Habana y en Santiago, lo que supone un descanso visual importante. Imaginaos mirar al horizonte y ver selva en vez de edificios altos.

Nos hospedamos en el barrio de Punta la Gorda, un barrio residencial rodeado por la costa. La casa de alquiler no era lo esperable y vivíamos superapretados. Cienfuegos, como La Habana, también tiene un bonito Malecón y un centro histórico agradable y bien conservado. No tiene grandes cosas a visitar, más allá de dar un paseo por el centro y visitar la Plaza José Martí.

 Ahora que ha salido este nombre, voy a dignarme a explicar unas palabras sobre él. Junto a Simón Bolívar, es el mayor libertador latinoamericano. En Cuba dicen que el siglo XX ha sido el de Fidel, mientras que el XIX fue el de Martí. Hay cientos de mausoleos y mensajes de él a lo largo de toda la isla. En líneas generales, fue un importante político, estadista, revolucionario, poeta y un sinfín de cosas, pero sobre todo lideró la guerra por la independencia de Cuba contra España. Es el héroe nacional de Cuba por excelencia.

La estancia coincide con los carnavales de la ciudad y además los tenemos a menos de cinco minutos caminando, por lo que los escucho todo el día. La canción de La Macarena me despertó a las 3 de la mañana. Música latina a toda pastilla, como en toda Cuba. Probé la cerveza de pipa, una asquerosa e insalubre bebida que cuesta 15 céntimos los 700 ml. A saber qué llevaría. Pero, vamos, que los carnavales están de lujo y hay muy buen ambiente. En Cienfuegos dormimos dos noches, pero tuvimos la visita de la “enfermedad del viajero” -que posteriormente explicaré-, que sacudió nuestros estómagos y nos vimos obligados a tomarnos un descanso.

Aprovechamos también para ir a Santa Clara, ciudad en la que está el mausoleo de homenaje al Che Guevara. Allí, uno puede disfrutar del enorme panteón del guerrillero, un museo gratuito sobre su historia (con el aire acondicionado a tope) y una sala con las tumbas de los revolucionarios caídos en la Batalla de Santa Clara.

Ernesto Guevara, otro de los líderes de la Revolución y de procedencia argentina, recorrió América Latina y conoció a Fidel en México. Desde sus primeras tomas de contacto con la Revolución cubana se mostró muy entusiasta y decidió participar, convirtiéndose en uno de sus exponentes. La Batalla de Santa Clara es especialmente trascendente en la vida del Che, ya que fue el comandante que lideró el ataque a unos trenes que llevaban armamento. Los acabó capturando y Batista tuvo que huir del país.

Después de ir a Santa Clara nos dirigimos a la mejor playa de Cienfuegos, llamada Rancho Luna. Pasamos una agradable tarde, relajándonos y descansando con agua cristalina.

La Habana no deja indiferente

Agosto 2016

La Habana es una ciudad que no deja indiferente. Después de París es la urbe que más me ha impactado. Prácticamente cada día descubres algo que hacer y, sinceramente, considero que ni en un mes te quedarías satisfecho. 

Es la capital de Cuba, además de su centro neurálgico, y posee una energía impresionante. Viven, contando las afueras, unos tres millones de habitantes. Posee una arquitectura colonial de tradición española, francesa, británica y americana. Está estructurada conforme a tres barrios: Habana Vieja, Centro y el Prado y el Vedado.

Mis compañeros y yo nos hospedamos en el barrio del Vedado, una gigantesca zona donde antiguamente vivían los burgueses y ahora es un barrio residencial, con casas rurales. Concretamente, estuvimos cerca del sucio río de los Almendares. Enfrente de la casa había una infraestructura totalmente favelera, en el que muchos edificios fueron construidos por los propios vecinos.

Aun así, la seguridad es altísima y es un hecho que repiten constantemente los cubanos. “En Cuba nadie te va a robar”. Sí que es cierto, no obstante, que con el incremento del turismo se han producido pequeños robos a turistas, pero la delincuencia sigue siendo irrisoria. Es, posiblemente, uno de los lugares más tranquilos y pacíficos para vivir en el mundo. 

La Habana es una ciudad que parece estancada en el tiempo. Posee un aspecto empobrecido y una infraestructura degradada, pero con un encanto inigualable. Durante esta primera semana en la isla hicimos un pequeño recorrido por la ciudad que supuso nuestra toma de contacto con el país.

Tuvimos la suerte de hospedarnos en una casa de alquiler única, en la que nos sentimos muy bien acogidos y nos trataban como si fuésemos su familia. Marta y Alberto, a que no dudaré en recomendar para los futuros viajeros que vayan a La Habana, era una pareja encantadora, hospitalaria y revolucionaria. A ello le sumamos las experiencias de Mami (madre de Marta)una abuela de 83 años que participó en la Revolución, con la que charlando un rato uno recibía una clase magistral de humanidad y principios.

Tal y como comentaba, la cantidad de cosas que hacer en la ciudad es enorme. Durante estos primeros siete días aprovechamos para visitar el Malecón, un paseo que recorre la costa de La Habana a lo largo de siete kilómetros y conecta los diferentes barrios de la ciudad.

El término ‘malecón’, que desconocía más allá del hit reggaetonero del verano Hasta que se seque el malecón –que escuché cientos de veces-, se refiere en Cuba y en algunos países de Latinoamérica a los rompeolas y paseos marítimos. También conocimos la Habana Vieja: el centro de la ciudad, patrimonio de la humanidad, precioso y repleto de historia.

Pasear por la Habana Vieja es imprescindible para conocer Cuba. La cantidad de museos, plazas, callejuelas y bares con música en directo confiere al barrio un ambiente único.

Una tarde que pretendíamos ir  en barco a Casa Blanca (un pueblo cercano en frente de La Habana en el que se encuentra un castillo, un Cristo gigante y unas vistas espectaculares) nos sucedió una anécdota curiosa. Nos dirigíamos hacía allí cuando nos cayó una tormenta tropical y unos cubanos nos invitaron a entrar en su casa a charlar y a ver boxeo olímpico en su televisión,  a la vez que uno de ellos nos recitaba canciones con la guitarra española.

Cantaba genial y se dedicaba a la música, pero lo más impresionante de este hombre eran sus orígenes. Era el bisnieto de Juan Negrín, presidente de la República Española; nos enseñó el DNI para constatarlo. Este fue uno de los primeros ejemplos de la hospitalidad cubana. Nos encontrábamos perdidos y atacados por la lluvia y acabamos pasando una gran tarde.

El Vedado, lugar donde nos hospedábamos, es el mayor barrio de la ciudad, siendo también un lugar emblemático y culturalmente el más activo, además de poseer grandes hoteles. 

Una de esas noches aprovechamos para ir a la Fábrica de Arte Cubano, una discoteca/centro cultural que combina galerías de arte, música en directo, discoteca e incluso cine. Todo esto a un precio de 2 dólares cubanos y con comida y bebida a precios asequibles. Una combinación nunca vista por mis ojos pero increíble;  una sensación extraña la de ir ebrio con un mojito mientras miras una exposición de los estudiantes de arquitectura de la Universidad de La Habana. Uno también puede ir a la Plaza de la Revolución, una gigantesca y emblemática plaza en la que Fidel pronunciaba sus discursos y se hacen grandes actos, y en la que se encuentra la Torre de José Martí y la sede principal del Partido Comunista.

Durante la estancia en La Habana aprovechamos para hacer excursiones de un día. Fuimos a Bacuranao, situado en lo que llaman Playas del Esteun conjunto de 20 km de playas a una media hora de La Habana. Nos desplazamos allí con la guagua (el bus) por 40 centavos de peso cubano (1 céntimo de euro); viajamos a lo cubano.

Son el medio de transporte por antonomasia de los habaneros.   Algunos están personalizados, suena reggaeton, vas como en una lata de sardina y se retrasan mucho, pero son muy divertidos.  Es curioso porque el sistema de información del transporte en Cuba funciona a base del boca a boca: ve preguntando por la calle, que acabarás llegando a tu destino. Todo esto gracias a Alberto, que nos acompañó. Ir con cubanos siempre será mejor que ir solos, ya que conocerás mejor el terreno y te saldrá todo más económico. Por ejemplo, si no hubiésemos tomado (se usa tomar en vez de coger) tendríamos que haber ido en taxi por un precio mucho más alto.

En Bacuranao tuvimos nuestra primera experiencia en una playa para cubanos. En general, era una playa agradable pero muy sucia, en la que podías comer muy barato y escuchar música durante todo el día. Uno buceaba y, en vez de peces, solo veía latas de cerveza Cristal y botellas de ron Havana Club. Nos pareció poco cuidada.

En Bacuranao tuve una experiencia un tanto desagradable con eso a lo que llaman jineterismouno de los temas más polémicos en Cuba. El término hace referencia a esos cubanos y cubanas que al entablar una conversación contigo siempre buscan algo de beneficio, sea una botella de ron, una cena o algo de dinero. Mi caso fue el siguiente: se me acercó una negra que decía que le gustaba y tras 5 minutos me propuso directamente sexo

Aún recuerdo alguna frase que me dijo: “Las cubanas somos muy buenas en la cama, somos de sangre caliente”. Siguió insistiendo, a la vez que nos pedía dinero y nos decía que Cuba no le gustaba y que quería irse. Poco a poco se le iba viendo el plumero y la historia acabó siendo bastante desagradable, especialmente para mí. La mandamos a tomar por culo.

Otra de las excursiones que realizamos fue a Viñales, situado en el oeste de Cuba. Posiblemente es una de las zonas más bonitas de la isla. Se trata de una región tabaquera en la que la población es más blanca y menos revolucionaria que en el este. Hicimos una ruta por este precioso valle, en el que vimos cuevas, paisajes verdes tropicales con mogotes (montañas verdes características de Viñales), plantaciones de tabaco y la elaboración en directo del famoso puro habano. Pese a no ser fumador, tuve la oportunidad de probar uno.