El choque de civilizaciones (1996) de Samuel Huntington: ¿un mundo guiado por la cultura?

Julio 2020

Conocí esta tesis en la facultad de Políticas de la Universitat Autònoma de Barcelona, donde estudiaba. Me sorprendió por la polémica que suscitaba, por el debate y la crítica que generaba, por su énfasis en el choque en vez de en el diálogo. La palabra choque es peligrosa de por sí; es negativa y conflictiva, es el mundo no deseado. Pero una cosa es nuestra simpatía por el cambio, por el diálogo y por la fraternidad entre pueblos y religiones, y otra es la compleja realidad internacional, conflictiva, cruda, realista y guerrera en ocasiones.

Es por ello que en esta pequeña reseña hago más una descripción de este complejo libro que no una crítica: me dedico a relatar los hechos con algunas apreciaciones. Me atrevería a decir que la gran mayoría de personas –en las cuales me incluía que critican la idea del choque no la han leído, o lo han hecho de una manera superficial. Mi objetivo es entender un poco mejor el mundo, y el choque de civilizaciones es otra interpretación más. Frente a las críticas, me gustaría remarcar que no se debe de tomar a esta tesis como el único factor explicativo de las dinámicas internacionales; es un marco de análisis y no una teoría determinista, al igual que el fin de la historia.

Huntington habla claro: Occidente está en decadencia desde hace 100 años y hay otras civilizaciones que le plantan cara. Es por ello que Occidente debe seguir creyendo en su Civilización y aceptar que ya no domina el mundo. Solo podrá entender el mundo y sobrevivir a través de la aceptación de que un mundo multicivilizacional es conflictivo y produce choques.

Es un libro largo, complejo, con muchos datos, gráficos, teorías, citas…

El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (1996) –que inicialmente apareció como artículo en la prestigiosa Foreign Affairs en el 1993– del académico estadounidense Samuel P. Huntington es, posiblemente, el libro de política internacional más influyente de los últimos tiempos.

El choque es un modelo excelentemente detallado y documentado para entender la política internacional actual, es decir, el mundo de la postguerra fría (desde la caída del muro en adelante). Su argumento principal es que la cultura de las civilizaciones –principalmente marcada por la religión y la lengua– es, como diría Marx, el motor –actual– de la historia. Así pues, este paradigma se aleja del realismo, del liberalismo y del marxismo y se centra en el factor civilizatorio.

Para Huntington, es imprescindible disponer de teorías que nos faciliten la comprensión del mundo, y en su caso de estudio, las civilizaciones son las máximas expresiones de organización humana; explica el autor que “el mundo solo puede ordenarse a través de las civilizaciones, no hay intereses en seguridad a escala planetaria” y que “las civilizaciones son las últimas tribus humanas y el choque de civilizaciones es un conflicto tribal a escala planetaria”.

El mundo actual que describe Huntington me recordó al de las esferas de influencia, parecido al de los imperialismos previos a la Primera Guerra Mundial. En la actualidad la guerra abierta entre las grandes civilizaciones parece estar lejos, aunque no se la descarta; en cambio, el choque está muy presente.

En la primera parte del libro, Huntington hace un estudio de las diferentes civilizaciones a lo largo de la historia, y explica que la sangre, la lengua, la religión y la forma de vida ya servían de diferenciadores en un pasado lejano. De acuerdo a su análisis, en la actualidad existen ocho civilizaciones principales: la Sínica, la Japonesa, la Hindú, la Islámica, la Ortodoxa, la Occidental, la Latinoamericana y la Subsahariana.

¿Cómo se llevan las civilizaciones?
Cuanto más gruesa es la línea, más conflictiva es la relación

Según Huntington, cada civilización tiene un “estado central”, una nación líder. Así como China, Japón, la India, Rusia, Estados Unidos y Sudáfrica son los estados centrales de sus respectivas civilizaciones, en la Islámica no existe un “estado central”, lo que le convierte en un caso paradójico, en el que hay  “una conciencia común (Ummah) pero sin cohesión”; no hay una potencia líder islámica y, además, hay conflictos entre Chiitas y Sunitas. Leyendo el libro me sorprendió la clarividencia con la que el autor pronosticó el papel de Turquía como potencia de futuro. Huntington dice lo siguiente: “Exigiría un líder del calibre de Atatürk, que combinara legitimidad religiosa y política, para hacer que Turquía deje de ser un país desgarrado y se convierta en un estado central”. Y la situación actual es parecida.

En la civilización latinoamericana tampoco existe un “estado central”, debido, entre otras cosas, a que Brasil, el país más poderoso, habla portugués en vez de español. Y en la civilización subsahariana el “estado central” es Sudáfrica, pero con la emergencia de Nigeria, Etiopía y Kenia.

También existen los llamados “estados escindidos”, que contienen varias civilizaciones en sus fronteras, con el claro ejemplo de la extinta Yugoslavia, dividida entre católicos, ortodoxos y musulmanes. Los “estados escindidos” muestran choques civilizatorios, como en Ucrania, donde se enfrentan Occidente y la Ortodoxia, o Etiopía, entre la civilización Islámica y la Subsahariana.

Siguiendo con la clasificación, el mundo actual presenta además “países aislados” como Japón, Israel o Haití, y “países desgarrados”, aquellos que han tratado de hacer un cambio civilizatorio; Rusia y Turquía, en su tira y afloja con Europa; Australia, por su interés económico en Asia; y México, por su relación con Estados Unidos.

La decadencia de Occidente

Occidente, la civilización que ha dominado la historia de los últimos 500 años –mediante la colonización, la pax británica, la pax americana y finalmente el mundo de la postguerra fría– se encuentra en decadencia. Su poder empezó a decrecer a partir de principios del siglo XX, pero es ahora, a inicios del XXI, cuando estos efectos son más palpables. El crepúsculo de Occidente es un proceso lento e irregular.

Occidente trató de ser una civilización universal y responsabilizó al hombre blanco de tal acometido, pero olvidó que vivía en un mundo multicivilizacional. El problema recae justamente allí: Occidente se trata de una civilización única, que no universal. Los no occidentales ven como occidental lo que Occidente ve como universal; lo que los occidentales ven como integración, los otros lo ven como imperialismo.

El mundo es cada vez más universal y la idea de la civilización cada vez está más presente, con la religión y la lengua como sus dos aspectos esenciales. En la actualidad, el cristianismo es mayoritario en el mundo, pero su competidor, el islam, crece más deprisa y pronto le superará. Estas dos religiones tienen vocación de expansión y proselitismo. ¿Qué pasará entre ellas?

Respecto a la lengua, el inglés es ante todo una herramienta para comunicarse. El inglés se indigeniza; por hablarlo uno no se vuelve occidental. El inglés se usa más internacionalmente, pero nacionalmente la lengua autóctona se vuelve más poderosa. Pese a que el tiempo y el espacio se compriman, y las mercancías y las personas se muevan con más facilidad, la globalización provoca una reafirmación cultural.

Huntington remarca que el legado de Occidente es la Carta Magna y no el Big Mac; Occidente es el Legado clásico, el Catolicismo y el Protestantismo, las Lenguas europeas, la Separación de la autoridad espiritual y estatal, el Imperio de la ley, el Pluralismo social y el Individualismo.

Históricamente, Occidentalización y Modernización iban de la mano, pero ese consenso ha decaído: la modernidad no se alcanza únicamente con Occidente. “Queremos ser modernos, pero no como vosotros”, resumiría la idea. Un claro ejemplo son los rascacielos de Dubai.

Avanzando más en el análisis, el autor explica los cambios que hubo tras la Segunda Guerra Mundial. En primer lugar, el mundo sufrió un proceso de indigenización, promovida por las olas democráticas del pasado siglo: “la democracia está en conflicto con la occidentalización –explica el autor–, y la democracia es, por su propia naturaleza, un proceso de efectos provincianos, no cosmopolitas. Los políticos ganan elecciones diciendo justamente que son nacionalistas y religiosos”. El debate de la diversidad y las identidades sería la continuación de esta tendencia.

A su vez, dio inicio la “Revancha de Dios”. Mientras que en la primera mitad del siglo XX la religión estaba en proceso de extinción, a partir de la Segunda Guerra Mundial comenzó a satisfacer necesidades debido al masivo proceso de urbanización. Una gran parte del mundo no occidental se modernizó en cincuenta años, mientras que Occidente tardó dos cientos. Esta revancha es una reacción contra el laicismo, el relativismo moral y lo excesos, que promueve más orden, disciplina y trabajo.

Llegados a este punto, en el que Occidente se encuentra en su crepúsculo con un orden internacional cambiante, ¿cuáles son los poderes civilizatorios que provocan el choque?

En primer lugar, el Resurgimiento del Islam, debido a su gran crecimiento demográfico. En el mundo islámico, esta revolución –que guarda similitudes con la Reforma protestante–, ha sido encabezada por las jóvenes clases medias. El proceso de modernización islámico se ha realizado a través de la religión, que ofrece un paraguas a los desarraigados.

En segundo lugar, el crecimiento económico en el este de Asia, con China en cabeza. Asia Oriental se ha convertido en el centro económico del mundo. Mientras que Confuncio antes era visto como uno de los culpables del atraso chino, ahora es el guía espiritual del progreso, un progreso basado en la ética del trabajo, el autoritarismo, la armonía, la familia y la disciplina.

Según Huntington, el choque ocurre principalmente entre Occidente y estas dos civilizaciones, una interacción basada “en el Resurgimiento de un poder y una cultura no occidentales y el choque de pueblos de civilizaciones no occidentales con Occidente y entre sí”. La Occidental, en la que Estado y Religión están separados; la Islámica, en la que la Religión es el Estado; y la China, en la que el Estado es la Religión.

¿Qué teme Occidente?

Explica el autor que “el problema de Occidente con el resto del mundo es la discordancia entre sus esfuerzos –particularmente de Estados Unidos– por promover la cultura occidental universal y su capacidad en decadencia para conseguirlo”. Y mientras tanto, las otras civilizaciones se reafirman culturalmente.

Tras desarrollar sus ideas de la decadencia de Occidente y el resurgimiento de nuevos poderes civilizatorios, ¿qué ocurre en el mundo?

La identidad se convierte en uno de los principales focos del choque –entre el Nosotros y el Ellos–, normalmente vinculada a aspectos religiosos-civilizatorios, con ejemplos como los musulmanes de Bosnia y Chechenia en sus respectivas guerras, que fueron apoyados ampliamente por el mundo musulmán. “La identidad supone el auge de la conciencia de civilización”, explica el autor.

Los países están en búsqueda de la solidaridad civilizatoria; la gente se apoya por civilización. ¿No vivimos acaso algo parecido con los atentados de París de 2015? ¿Por qué notamos tan próximos esos ataques que sufrieron los franceses y en cambio los que ocurren en Afganistán nos dan igual? Se habló mucho del criterio periodístico de la proximidad, pero no igual del factor civilizatorio.

Muchas cuestiones en disputa florecen en el mundo de la postguerra fría, como la proliferación armamentística, los derechos humanos y la democracia y la inmigración, de la cual Huntington dice “si la demografía es el destino, los movimientos de población son el motor de la historia”.

Así pues, el mundo occidental se relaciona principalmente con las civilizaciones “rivales”, la Islámica y la Sínica, y las civilizaciones “oscilantes”, Japón, la India y Rusia, que van variando su «apoyo» a Occidente o a otras civilizaciones. Tanto la civilización Latinoamericana como la Subsahariana quedan muy excluidas del análisis, por su menor importancia en la política internacional actual.

Según Huntington, los conflictos en la política global de civilizaciones se basarán en “líneas de fractura”, que enfrentarán a diferentes civilizaciones –sean de estados vecinos o en los propios estados–. El académico se muestra especialmente escéptico y pesimista respecto a la relación de Occidente con el Islam, arguyendo que el Islam “es la única civilización que ha puesto en duda la supervivencia de Occidente”. Pero ¿es posible enmarcar al Islam como una única civilización teniendo en cuenta las grandes divisiones existentes?

Hace 100 años los musulmanes quedaron bajo dominio occidental, pero ya no. Su resurgimiento religioso, el cambio demográfico y el terrorismo (“el arma de los débiles”) complicarán la relación entre las civilizaciones. Me llamó la atención una cosa que comenta el autor, el hecho de que las sociedades islámicas, al tratarse de sociedades más jóvenes que la gerontocrática Europa, se encuentran en un momento más vigoroso y expansionista.

Por otra parte, la actual Guerra Fría entre China y Estados Unidos confirma muchas de las tesis de Huntington. La guerra es comercial, económica, tecnológica; aún no ha llegado a la guerra abierta; pero el factor civilizatorio está muy presente. China se sigue reafirmando más como confunciana…

En 2020 hay muchas discrepancias sobre sus pronósticos, como por ejemplo la conexión confunciano-islámica, que parece lejos de que ocurra si atendemos a casos como los uigures. ¿Puede la Ruta de la Seda ayudar a potenciar esta compleja relación? Tampoco se le da mucha atención a la cuestión de las rutas de la droga en Latinoamericana y la creciente inmigración a Estados Unidos, o al crecimiento demográfico africano, o a la conflictiva relación actual entre Rusia y Europa occidental…

¿La renovación de Occidente?

El último capítulo de Huntington se basa en una batería de propuestas para afrontar el futuro, incluso explica el desarrollo de una Tercera Guerra Mundial.

Según el, Occidente se está afianzando como civilización; es poco conflictiva entre sus fronteras. Es una civilización madura que no debe creer en la inmortalidad, sino en su supervivencia. Más allá de su decadencia de poder en relación a las otras civilizaciones sufre una decadencia moral, un suicidio cultural y el riesgo de una mayor desunión política. Algunos ejemplos son el aumento de crímenes y consumo de drogas, la desaparición de la estructura familiar, el descenso de la confianza en la gente, la “estudiofobia” y el bajo rendimiento escolar, la falta de trabajo…

El autor se muestra en contra del multiculturalismo de Estados Unidos y Occidente en general, debido a que en un mundo de civilizaciones en que la cultura es lo más importante, conservar la cultura occidental desde Estados Unidos es imprescindible para su propia supervivencia. La propuesta es que los estados occidentales deben conservar su occidentalismo ya que los estados no occidentales también enfatizan sus culturas. Occidente se hace mayor, más conservador, seguramente reafirmará su cristianismo, rechazará a la inmigración y la diversidad se hará más difícil en este mundo cambiante. Veremos cómo sigue afectando el populismo y el nacionalismo al mundo occidental.

Por ello, Huntington, en su propuesta conservadora, hace una llamada al mayor entendimiento de las culturas, a su estudio; a buscar atributos comunes entre las civilizaciones, ampliar valores, instituciones y prácticas. En un orden internacional basado en las civilizaciones, la civilización es la protección más segura contra la guerra mundial.

La cooperación al desarrollo

Marzo 2017

La cooperación al desarrollo no ha cumplido con sus metas y se encuentra en la actualidad con múltiples retos, referentes a su calidad, su eficacia y la creciente reducción de fondos.

Definir a la cooperación al desarrollo es una tarea sumamente compleja. Se trata de un concepto  que cambia según las corrientes de pensamiento que la analicen, sumado a los determinantes sucesos históricos que la han influido.

De acuerdo a la Carta de Naciones Unidas, uno de sus propósitos es “Desarrollar la cooperación internacional para subsanar los problemas económicos, sociales y culturales”, pero en líneas generales la entendemos como “el conjunto de actividades desplegadas por países desarrollados que implicando alguna transferencia de recursos concesionales a los países subdesarrollados, tiene como finalidad principal la de ayudar a superar la difícil situación en estos últimos países”.  

Si hablamos de la CAD, no podemos obviar la Ayuda Oficial al Desarrollo, una de sus formas institucionalizas, de carácter más restringido y de un ámbito estatal. Esta se manifiesta en ayuda bilateral no reembolsable, ayuda reembolsable y ayuda multilateral. La AOD tenía el objetivo del famoso 0,7% el cual únicamente han cumplido los países nórdicos.

El realismo, corriente principal en relaciones internacionales, interpreta a la CAD como una estrategia de política exterior. Esto es, en gran medida, un “soborno”  por el cual los países del Norte obtienen beneficios de los países del Sur para su interés nacional.

El desarrollo, por tanto, ha sido concebido una herramienta estatal y vinculada al crecimiento económico. Sin embargo, las concepciones de desarrollo han ido cambiando con el tiempo, lo que ha repercutido en la CAD.

Desde los años ochenta, lo países en vías en desarrollo comenzaron a tener graves problemas debido a la deuda contraída con los países desarrollados. El neoliberalismo, nueva corriente dominante en políticas económicas, consideraba al CAD como un factor contraproducente al desarrollo, lo que supuso una notable reducción de costes.

El sistema internacional de Cooperación y Ayuda al Desarrollo entró en una nueva etapa, en el que la globalización neoliberal provocó una liberalización económica, quitándole espacio a la AOD.  Además de los cambios en políticas económicas, en los noventa se introdujeron nuevas temáticas como medio ambiente y participación política en la agenda del desarrollo.

Después de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, surgidos tras la ineficacia de la AOD y por la pobreza mundial, el PNUD incorporó el desarrollo humano en sus interpretaciones, así como la doctrina de los derechos humanos, además de la celebración de cumbres internacionales como la Declaración de París (2005), la Cumbre del G-20 (Seúl, 2010) y el Cuarto Foro de Alto Nivel sobre la Eficacia de la Ayuda (Busan, 2011), entre otras, para intentar cumplir y monitorear dichos objetivos.  

Sin embargo, la realidad dista mucho de los retos propuestos, y existe un fuerte debate en cuanto a la calidad, la eficacia y la reducción de fondos.  Los datos sobre la eficacia y el impacto de la ayuda demuestran que la ayuda no sirve, no se gestiona y no es suficiente.

La CAD ha sido obstaculizada por aspectos como la malversación de fondos, la imprevisibilidad y la debilidad del monitoreo, entre otros. Otros aspectos, como una mejor gobernanza y la inclusión de actores privados y locales en los procesos de cooperación al desarrollo puede ayudar dicho proceso.

La eficacia de la CAD será determinante de acuerdo a los objetivos fijados en Busan.

En la cumbre se fijaron algunos objetivos principales, mediante marcos de monitoreos para recopilar más datos,  con el objetivo establecer unos indicadores en temáticas variadas, en torno a aspectos como la participación, la igualdad de género, el papel de la sociedad civil y etcétera. Otros elementos imprescindibles para la eficacia serán la transparencia y la rendición de cuentas.

Dentro del debate en torno a la eficacia y la gestión de fondos, otros aspectos relevantes son los problemas de volatilidad, los problemas de consistencia y los pocos incentivos existentes.

Es notorio subrayar las arduas discusiones entre Sachs y Easterly, mostrando visiones totalmente contrapuestas del desarrollo. Según Easterly, bajo las premisas de extensos informes y grandes planes  lo único que han hecho es “reforzar la burocracia” de los países en vías de desarrollo.  Sachs, por otro lado, director del proyecto de Objetivos del Milenio, considera que el papel de las instituciones internacionales tiene que ser “desarrollar herramientas que ayudan a mejorar el mundo” y que mediante soluciones técnicas y ayuda al desarrollo se logrará erradicar a la pobreza. 

En definitiva, la cooperación al desarrollo presenta un futuro incierto.

Las nuevas modalidades de la CAD, como la cooperación Sur-Sur y la cooperación triangular, ponen en evidencia  los fuertes cambios en la economía-mundo y el ascenso de nuevas potencias económicas, que determinan en gran medida otras formas de cooperación; se convierten en los llamados donantes emergentes. En otras palabras, “la Cooperación Sur- Sur (CSS) pone sobre la mesa una nueva lógica de ayuda diferente a la idea asistencialista de la Cooperación Norte-Sur (CNS)”.

Otros actores, de ámbito privado y local, proliferan y articulan con firmeza un nuevo desarrollo. Es evidente que la CAD requiere elementos más allá de la asistencia técnica y financiera, y que deberíamos – o necesitamos- entenderla, como “acciones de carácter internacional orientadas al intercambio de experiencias y recursos entre países del Norte y del Sur o entre países del Sur, que tiene como intención, conseguir metas comunes asentados en criterios de solidaridad, eficacia, interés mutuo y sostenibilidad”.

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El conflicto en Irlanda del Norte, The Troubles

Abril 2018

A partir de los años setenta, el Reino Unido comenzó un proceso de desindustrialización. Su economía, epicentro histórico del mundo obrero, se fue transformando de manera forzosa  hacia una cultura financiera y turística. Muchas son las urbes del país que han tenido que reconvertirse para construir un futuro postindustrial. 

En ciudades como Belfast los barcos industriales de vapor fueron sustituidos por los gigantes cruceros. El famoso Titanic, el barco más grande del mundo en su época, fue construido en la ciudad en 1912. Hoy en día, cien años después, el museo del Titanic se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad.

El Titanic fue consecuencia de la Revolución Industrial que se inició en el Reino Unido a finales del siglo XVIII. El capitalismo industrial, como nueva forma emergente de sistema socioeconómico, se fue expandiendo rápidamente por los países occidentales.  El Imperio Británico dominaba el mundo, con colonias a lo largo del mundo y con una masa obrera cada vez más numerosa. Las industrias aparecieron y se dio inicio el proceso de urbanización e industrialización: miles de personas emigraron del campo a la ciudad en busca de pan, casa y trabajo.

Belfast fue una de esas ciudades, aunque presentaba unas características especiales, marcadas por unas profundas raíces históricas. En este sentido, a principios del siglo XVI, migrantes ingleses y escoceses iniciaron la colonización de la región del Úlster. Muchos de ellos se asentaron, trajeron consigo sus costumbres. En esos momentos, en Irlanda existía una tradición cristiana católica, diferente a la cristiana protestante de los colonizadores ingleses y escoceses.

Fuente: Wikipedia.

La región del Úlster se fue poblando rápidamente de protestantes, a la vez que se iba convirtiendo en una zona cada vez más próspera. Durante este proceso migratorio se fue gestando el sectarismo religiosoen la que las familias se asentaban con las cercanas a sus creencias -católicas o protestantes-, lo que fue dividiendo a la zona hasta el día de hoy.

En la actualidad, Irlanda del Norte sigue siendo un polvorín y la división sectaria sigue existiendo. La Revolución Industrial y la colonización del Úlster condicionaron enormemente a los acontecimientos sucedidos en el siglo XX, en los que por un lado se produjo la independencia de Irlanda en 1921 y por otro se vivió uno de los periodos más oscuros y sangrientos de su historia contemporánea europea: The Troubles.

Los cuarenta años que duraron siguen aún muy presentes en la vida de los habitantes. Las historias que uno puede escuchar suelen ser aterradoras. Nada más y nada menos que casi 4.000 muertos en un conflicto armado en uno de los corazones de Occidente. 

Tras la heroica independencia de Irlanda frente al Reino Unido el 24 de abril de 1921 después de disputas históricas, empezó otro periodo de la historia en las relaciones de estos dos países. Irlanda se constituyó como un estado republicano. Sin embargo, la zona de Úlster, es decir, el Norte del país, quedó en manos del dominio británico. 

A partir de allí, en Irlanda del Norte se constituyó un Parlamento propio bajo soberanía británica, dominado por los unionistas, concentrando prácticamente todo el poder(económico, judicial, político, etc.) en sus manos y excluyendo a la minoría católica. Por ejemplo, muchas de las nuevas industrias que se asentaban en la región se dirigían a comunidades habitadas por protestantes, mientras que las zonas católicas permanecían en la pobreza rural. Además, esas estructuras de poder eran reforzadas más aun por el papel del RUC (Royal Ulster Constabulary o Gendarmería del Úlster en español), la policía del país. La situación era muy desigual.

Desde los años veinte comenzaron a aparecer movimientos políticos que reivindicaban derechos para los católicos irlandeses, pero su influencia fue insignificante. Con la constitución de los estados del bienestar en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial, una nueva generación de estudiantes católicos tuvo la oportunidad de acceder al sistema educativo, y lograron nuevas herramientas que sus padres no habían tenido, lo que les permitió comenzar a pedir un rol más participativo en la sociedad de Irlanda del Norte.

Se trataba de una generación con ganas de cambiar las cosas y luchar por la justicia social, formando parte de los movimientos estudiantiles durante los años 60 a lo largo del mundo, desde París 68 hasta Estados Unidos con el antimilitarismo y la lucha por la defensa de la comunidad afroamericana. Muchos de estos jóvenes formaron el NICRA (Northern Ireland Civil Rights Association o la Asociación por los derechos civiles de Irlanda del Norte en español) en 1967 por la defensa de sus derechos civiles.

Terence O’Neill, primer ministro de Irlanda del Norte desde 1963 hasta 1969, se acercó y puso énfasis en mejorar las relaciones entre ambas comunidades. Atendió muchas de las demandas propuestas por el NICRA, pese a la enorme oposición de la comunidad protestante. Paulatinamente, los católicos comenzaron a movilizarse y a practicar la desobediencia civil, siguiendo los pasos del Movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos que defendían a los ciudadanos afroamericanos. 

Las seis demandas de la comunidad católica eran las siguientes:

Un hombre, un voto.

El fin del gerrymandering para producir una mayoría unionista.

Prevención de la discriminación en la asignación de puestos de trabajo del gobierno.

Prevención de la discriminación en la asignación de las viviendas.

La eliminación de la Ley de Poderes Especiales, que servía para mantener la estabilidad y la paz en caso de conflicto.

La disolución de la USC (Ulster Special Constabulary o Policía Especial del Úlster en español) casi completamente protestante.

La tensión iba creciendo hasta que definitivamente en 1969 estalló el conflicto. La guerrilla urbana dio inicio y las bombas comenzaron a explotar a medida que escalaba el conflicto. El IRA Provisional (Provisional Irish Republican Army o Ejército Republicano Irlandés Provisional en español) iba cogiendo fuerza y sumando adeptos. El IRA en sus orígenes había sido el brazo militar de la independencia de Irlanda. A partir de 1969 mutó para practicar la lucha armada bajo la idea del republicanismo irlandés, con la estrategia de ir debilitando al gobierno hasta hacerlo caer.

En este contexto, todas las fuerzas políticas se iban radicalizando, y por ende, las contradicciones recrudeciéndose. O’Neill había cedido sobre ciertas propuestas del NICRA, lo que desenbocó en una dura reacción por parte de los lealistas. En abril de 1969 grupos paramilitares protestantes hicieron explotar estaciones eléctricas y estaciones de agua. En plena crisis política debido a las elecciones generales del país de ese año, en las que se disputaban los unionistas pro o contra O’Neill, el primer ministro perdió las elecciones y se resignó, retirándose de la vida política.

Luego de estos actos se produjeron los disturbios en Bogside (un barrio de Derry, otro de los focos del conflicto) entre el 12 y el 14 de agosto, dando inicio al conflicto armado urbano. La escalada empezó allí y fue extendiéndose por toda Irlanda del Norte. Entre el 1969 y 1972 el país estuvo sumido al caos, llevándose consigo miles de bombas y muertos. El movimiento por los derechos civiles que había surgido durante los años sesenta desapareció. En ese momento entraron las tropas británicas en juego, tras la victoria de los conservadores en las urnas. La guerrilla urbana no cesaba y el ejército entró en combate para neutralizar, pero no pudieron frenar la escalada. 

Denominaciones básicas (la realidad es mucho más compleja) de las comunidades, según religión, proyecto político u etnia.

1)Católicos, republicanos o nacionalistas.
2)Protestantes, unionistas o lealistas.

El año 1972 fue posiblemente el más sangriento, con dos episodios especialmente dramáticos. Por un lado, el Bloody Friday (viernes sangriento) en Belfast, el 21 de julio con 9 muertos y 130 heridos. Por otro lado, el Bloody Sunday (domingo sangriento) en Derry, con 14 muertos. Durante ese año explotaron más de mil bombas en todo el país y murieron cientos de personas. 

El Bloody Friday Fuente: Belfastchildis.com

A partir de 1973, gracias al Acuerdo de Sunningdale, se comenzó un proceso para mitigar parcialmente el conflicto. En los siguientes años, The Troubles se basó en constantes negociaciones, amparadas por el gobierno británico, con el objetivo de convencer a los unionistas de compartir el poder con los nacionalistas. Los esfuerzos no dieron fruto y la violencia volvió. Llegó incluso a la República de Irlanda, con la explosión de tres coches bomba en Dublín y en Monaghan, atrocidades cometidas por parte de paramilitares unionistas, matando a 33 personas en 1974. Como consecuencia, el conflicto también se internacionalizó hacia Inglaterra, de mano de los republicanos. 

Seguidamente, los años ochenta estuvieron marcado por la entrada en escena de dos nuevos actores políticos. En primer lugar, Margaret Thatcher, “la dama de hierro”, ejerciendo de primera ministra del Reino Unido desde el año 1979. En segundo lugar, el ascenso del partido político Sinn Féin y las famosas huelgas de hambre, con especial énfasis en la figura de Bobby Sands, miembro del IRA que había sido escogido como parlamentario durante su estancia en la cárcel. 

Las huelgas de hambre empezaron en 1981 para luchar por recuperar su estatus de preso político. Los Diplock courts, unos juzgados especiales creados en 1974 en Irlanda del Norte,tenían el objetivo de criminalizar las actividades paramilitares, equiparando su estatus al de los delincuentes comunes. Definitivamente, las huelgas de hambre acabaron con 10 muertes por inanición de los prisioneros republicanos, provocando un gran revuelo en el país. 

Después de tales acontecimientos catastróficos, el Sinn Féin, liderado por Gerry Adams, comenzó a entrar en juego, presentándose en la Asamblea de Irlanda del Norte y ganando escaños -después de años boicoteando las elecciones- y superando paulatinamente al Partido Socialdemócrata y Laborista, el gran partido del bando nacionalista que rechazó la lucha armada para conseguir fines políticos. 

Más allá de lo sucedido en el seno de la sociedad de Irlanda del Norte, tanto el Gobierno del Reino Unido como el de la República de Irlanda comenzaron también procesos de negociación para poner soluciones al conflicto. Conocido es el Anglo-Irish Agreement (Acuerdo Anglo-Irlandés en español) de 1985, que subrayó la necesidad de una mayoría popular para realizar un cambio constitucional de tal magnitud como la unión a Irlanda. 

Durante esos años la tensión se fue rebajando, pero la violencia y las muertes siguieron presente, hasta la firma del Good Friday Agreement (Acuerdo del Viernes Santo), siendo el mayor esfuerzo hasta el momento, produciendo un pacto tanto de los partidos de Irlanda del Norte como entre Irlanda y Reino Unido. El acuerdo incluía aspectos de muchas índoles, desde la soberanía del país hasta los derechos civiles, pero siempre poniendo énfasis en la paz y en la posibilidad de compartir el poder entre católicos y protestantes en los quehaceres políticos del país.

Pese al acuerdo, ese mismo año se produjo un terrible atentado en la ciudad de Omagh por parte del IRA Auténtico (no del IRA Provisional, que había realizado que había presentado el alto el fuego), con 29 muertos y más de 200 heridos, en oposición al Good Friday Agrement.  La década de los 2000 estuvo marcada por un relativo periodo de paz, con pocos actos terroristas, aunque con índices de violencia que permanecen prácticamente hasta el día de hoy.