Rabat y la monarquía

Enero 2019

Hace unos dos meses fue inaugurada la nueva línea de ferrocarril que conecta Tánger con Casablanca, y que hace parada en otros lugares como Rabat, nuestro próximo destino. Macron asistió ese 18 de noviembre a la presentación de la nueva vía marroquíla más rápida de África, pues alcanzan los 350 km/h. Los nuevos TGV han llegado a Marruecos para conectar a dos de sus principales metrópolis.

Inicialmente pensé que la inversión era cosa o bien del petróleo saudí o del poderío chino, e incluso me llegaron rumores de que se había hecho con material de calidad. Finalmente, los franceses habían sido los encargados de la construcción, de un coste de unos 2.000 millones de euros. De ahí que Macron apariciera posando.

El tren funcionó a la perfección. En menos de una hora y media nos plantamos en Rabat desde Tánger, por 130 dirhams (13 euros). Tuvimos un pequeño percance con la asignación de los asientos, lo que provocó un pequeño tumulto en nuestro vagón ya que nadie parecía estar sentado en el lugar que le correspondía. A veces se cambia la infraestructura, pero no las costumbres. El cambio en la mentalidad de la gente es una cuestión que toma su tiempo.

En la estación Agdal de Rabat se notaba un ambiente muy diferente. La arquitectura era muy moderna. Todo era más nuevo y señorial, la gente era aparentemente más educada. Las mujeres iban desplegando su largo y precioso pelo. Algunos hombres trajeados y con maletín. Tomamos un petitaxi –un pequeño taxi azul que abunda en Marruecos y que cuesta aproximadamente 10 dirhams por trayecto que nos dejó en la zona amurallada cercana a la Medina, el Kasbah.

Comimos en un pequeño café enfrente de la playa y tomamos un té. Se escuchaba algo de inglés de jovenzuelos que iban a surfear por esa zona, acompañados de modernos buenos rollistas marroquíes con una estética diferente. Un enorme cementerio rodeaba la península donde nos situábamos.

Tras el Kasbah visitamos la Medina de Rabat, más pobre y sucia que las de Larache y Tánger. Mientras que el resto de la ciudad mostraba modernidad, la Medina estaba mucho más degradada y no destacaba por su encanto. Por la noche, cuando íbamos hacia el barato hotel donde nos alejamos, el panorama fue más desolador; más suciedad y más gatos callejeros. Además, se trataba de una Medina más pequeña y menos laberíntica.

En otros de los centros de la ciudad se encuentra el Mausoleo de Mohammed V, el abuelo del ahora presidente Mohammed VI. Se trata de una enorme explanada con estatuas y edificios, en las que hay una torre, una mezquita y el mausoleo. Este último se encontraba en un lujoso edificio, con cuatro guardias a la salida y cuatro dentro. Me imaginaba la clásica seriedad de las guardias reales, que hacen más una actuación que cualquier otra cosa, pero estos tenían un toque más amigable e incluso se reían y se guiñaban el ojo si veían alguna chica que les gustase. Además, junto a la tumba había un imán que rezaba. Multitud de gente observaba. Algún turista, gente marroquí y una poderosa señora acompañada de un guardaespaldas.  

En Rabat dicen que todo el mundo trabaja para el rey Mohammed VI, heredero de Hasán II. En 1999, cuando heredó el poder, inició ciertas reformas, que aumentaron con el estallido de las Primaveras Árabes, en las que las críticas al Makhzen–algo así como el poder oculto del estado marroquí- se hacían cada vez más notables y crecían las demandas de democracia. En 2011 hubo una reforma constitucional, que sustituyó a la anterior de 1996, y que introducía cambios como la creación de la figura del primer ministro.

Mohammed ha demostrado ser más liberal que sus antecesores en muchos aspectos, más allá de sus pomposos vestidos. Su exmujer y madre del heredero Moulay Hassan, Lalla Salma, es bien conocida en el mundo árabe por ser una mujer fuerte y con carácter –algo conocido en la sociedad marroquí- y por no llevar nunca velo.

El paseo por Rabat continuó hasta la estación central de la ciudad, donde habíamos quedado con una amiga. Signos de desarrollo y occidentalismo se palpaban. En primer lugar, tomamos un zumo de naranja en un café al estilo francés, a la vez que observábamos grafitis de gran tamaño como símbolo de modernidad underground. Grandes avenidas acompañadas de un tranvía y una agradable rambla mostraban otra realidad marroquí.

Tanto en la música que sonaba en los lugares como en los carteles los comercios, el francés se hacía mucho más presente. Los peinados emulaban al afro francés y los chándales y las nike eran sustituidos por pantalones tejanos y zapatos. Es decir, se notaba la presencia de una clase media juvenil marroquí emergente educada con otros valores. Estuvimos en una librería en Rabat donde predominaba la lengua francesa, el mecanismo de acceso a la globalización y a la modernidad.

Caminos en Marruecos

Enero 2019

En la vida, como en los viajes, lo importante realmente son los trayectos. Cavafis dice que lo importante es el camino, no el destino. Por lo tanto, el destino es el camino y viceversa. Esos momentos en los que uno viaja para llegar a algún lugar, sobre todo en la versión mochilera de viajar, constituyen la esencia. La cantidad de anécdotas que pueden llegarte a pasar son infinitas.

Aproximadamente 90 kilómetros separan a Larache y Tánger, traducido en una hora en coche y en una hora y media en autobús, con opciones por carretera nacional o por autopista. Se ha de tener en cuenta que la conducción en Marruecos es bastante complicada si se viene de un país occidental. Hay algunas carreteras que no están precisamente en el mejor estado y las leyes de la conducción son relativas. Apenas existen semáforos y los adelantamientos peligrosos son bastante frecuentes.

Aun así, nada importa cuando se viaja si se quiere ser local: uno tiene que adaptarse sea como sea a las circunstancias. A la ida decidimos ir en autobús, que costaba unos 30 dirhams e iba por la autopista en buen estado. A la vuelta, tomamos el coche y nos ajustamos siete personas, cuatro atrás y dos delante, sin sumar el conductor. Me tuve que poner al lado de un hombre –dejándolo en la puerta- para evitar que se pusiese al lado de las dos chicas para que no las tocase.

El viajar en transportes apretados, carreteras en mal estado y con conducciones temerarias es un clásico cuando se sale de Occidente. Pero sin lugar a dudas es una experiencia a la que se le coge cariño fácilmente. Sin ir más lejos, mi madre viajaba a Andalucía con un 600 desde Barcelona y eran seis personas.

Antes de entrar al bus para ir, entraron dos hombres vendiendo cacahuetes y pañuelos. En todos los rincones de Marruecos siempre hay alguien que intenta vender algo. Sea lo que sea. La actividad del mercado se reproduce en todas las esferas de la vida pública y privada. Y recordemos: en la cultura del regateo el precio real no existe y el Corán hace apología del hecho de negociar.

Uno de los productos que más se compran son los cigarrillos y los pañuelos. Estos últimos te pueden salvar en más de una ocasión si te entra un apretón viajeroConozco poca gente con el valor de defecar en un lavabo de un típico café marroquí. No hay ni papel ni váter. Solamente un agujero y un grifo con un cubo. Así que haz volar tu imaginación o tendrás que ir corriendo a buscar un lugar para ir al baño que difícilmente encontrarás. La tensión del apretón viajero te hará inspirarte. Por suerte, durante los trayectos no apareció ninguno. Y se llegó sano y salvo a Larache.

En Marruecos, además, se palpa uno de los grandes caminos contemporáneos o, mejor dicho, una de las principales rutas migratorias del mundo. Desde los miradores de Tánger se contempla España, el destino de miles de personas que van desde África hasta Europa pasando por Marruecos. El Mediterráneo, pese a su buena fama de vida y gastronomía, se convierte en un territorio muy peligroso para aquellos que lo quieren cruzar. En uno de los buses que tomamos vimos a un grupo de senegaleses que iban en dirección al norte: seguramente ese era su propósito.

El Darija marroquí

Enero 2019

El árabe es una de las lenguas más habladas del mundo, con unos 300 millones de hablantes. Para los que provienen de lenguas latinas o germánicas, el árabe es un auténtico jeroglífico. Cada vez son más los occidentales que se interesan por esta lengua, que recorre desde Marruecos hasta el Medio Oriente. Como leí una vez, el árabe es la lengua de los desiertos.

Como en todas las otras lenguas existen también dialectos. En Marruecos hablan una variante del árabe llamada darija o dariya, que significa dialecto en árabe, y a veces también conocido como magrebí. Una vez un iraquí me dijo que lo que hablaban en Marruecos no era árabe, sino francés con toques de árabe. Dudé. Más bien diría que es al revés: una mezcla de árabe con francés y amazigh, la lengua de los bereberes.

Así pues, en Marruecos tienen grandes dificultades para entender la lengua del Líbano o Arabia Saudí, lugares donde se habla un árabe mucho más clásico. El darija marroquí es una lengua coloquial sin una institución lingüística que la respalde. No tiene una ortografía estandarizada. En la lengua informal se escribe mediante letras y números y con pocos tiempos verbales.

El árabe clásico y el árabe magrebí son sumamente diferentes. En las escuelas y en la televisión, el árabe clásico es la lengua de comunicación, pero no así en el ámbito privado. La mala calidad de las instituciones educativas en Marruecos es una lacra para el país, que ahora tiene una tasa de alfabetización inferior al 70% y se sitúa en una de las peores posiciones en el mundo árabe.

Por suerte, mi compañera de viaje dominaba el darija ya que vivió muchos años en Marruecos. Yo simplemente asentía junto a mi uniforme marroquí: chándal, gorra y zapatillas deportivas. Acompañado de una barba incipiente y unos orígenes lejanos seguramente mixtos, mi mimetismo se hacía efectivo. Me camuflaba en la estética. Aprendí lo justo del darija que se basaba en wuaja (vale), yala (tira para allí), shukran (gracias), salam (hola), slama (adiós) y una mano en el pecho como gesto de fraternidad.

Tánger, el faro del norte

Enero 2019

Desde la costa tangerina se puede observar España. A tan solo unos kilómetros está la costa de la península Ibérica. Hacía un día espléndido, sin nubes y con un sol radiante a principios de enero. Estábamos sentados en el famoso café Hafa –en Marruecos entendemos como café un lugar donde principalmente se consume té y se fuma hachís-, que disponía de varios pisos al aire libre que descendían en forma de escalera. El azul y el blanco, típicos colores de la arquitectura marroquí, abundaban en el edificio.

En el café había muchas mesas y sillas, lugares para sentarse y disfrutar de las preciosas vistas que ofrecía. El servicio del café consistía en dos hombres de muy avanzada edad que iban transportando los tés y vendiéndolos al momento por siete dirhams. Había grupos de gente de todas las edades y un olor a hachís incesante, lo que representa una de las costumbres marroquíes por excelencia.

El té cuesta 7 dirhams a lo largo del país (10 dirham = 1 euro). Los tés marroquís son excesivamente dulces para un paladar occidental y te puedes llegar a tomar dos, tres o incluso más dependiendo del día. Es el clásico té verde –de origen chino- con hierbabuena y una gran cantidad de azúcar, servido en vasos o en pequeñas teteras.

Además del famoso Hafa también hay otro café muy conocido, llamado Baba, situado en la Medina. No tiene nada de especial, pero históricamente ha sido un lugar donde celebridades como los Rolling Stones iban a fumar hachís. Un té y un porro de hachís acompañado de unas preciosas vistas: algo común en los cafés.

La Medina o ciudad vieja de Tánger es preciosa y laberíntica. Pese a su reducido tamaño, era complicado orientarse y yo me daba por satisfecho con recordar el camino que te llevaba a alguna de las dos  salidas. Además, a medida que nos adentrábamos por sus estrechas calles, la capacidad pulmonar iba decreciendo debido a las constantes cuestas. En las medinas es fácil perder el rumbo y no te das cuenta de si estás subiendo o bajando. Así que, por momentos, veías que tu habla se apagaba.

Mi consejo sería que hables poco mientras caminas por la Medina, tanto para evitar cansarte más como para evitar ser escuchado en un idioma diferente al darija. También cabe tener en cuenta el papel de la comunicación no verbal en estos lugares. Las miradas en Marruecos son más duras y penetrantes que en España, pero no significa necesariamente una confrontación; simplemente, uno tiene que ganarse bien el respeto con las miradas. El contacto es constante. A veces, cuando te agarran del brazo de manera amistosa, me recuerda a las abuelas que te están dando un sermón.

El primer día en Tánger estábamos hambrientos. Perdiéndonos por la Medina encontramos un pequeño restaurante agradable en el que servían cuscús, que por tradición se prepara los viernes. Pedimos un plato cada uno de cuscús con pollo, acompañado de una especie de bebida tropical extremadamente dulce (la coca-cola lleva más azúcar que en otros países). El precio del cuscús varía entre 30-40 dirhams y las raciones son gigantescas.

Estábamos alojados en un hostal administrado por unos franceses bastante modernos. Era un clásico hostal marroquí, una casa reconvertida con estilo francés. Supongo también que se tratarán de expats, que son en esencia inmigrantes pudientes -que en otro contexto se llamarían simplemente inmigrantes-. Alfombras, cuadros y orfebrería árabe predominaban, pero todo tenía un toque excesivamente chic con el indisimulado objetivo de atraer turistas de todo el globo. Disponía de un vestíbulo luminoso, de algún gato suelto –domesticado- y de una terraza enorme con vistas a la ciudad, con las clásicas comodidades de este tipo de hostales.

El desayuno, sin embargo, dejaba que desear en lo que a variedad se refiere. Pan, queso, dulce y solamente un par de frutas diferentes, teniendo en cuenta lo que hay en el país. El café, como en el resto de Marruecos, es bebible pero no deseable. Y, además, el desayuno venía con mermelada en vez de con miel, copiando así el estilo francés en vez del marroquí.

Tánger, en líneas generales, me pareció una ciudad próspera. Con un millón de habitantes con el área metropolitana, constituye la quinta metrópolis de Marruecos. La oferta cultural y de ocio es grande, desde extensas playas con sus respectivos gigantescos bloques de pisos hasta bulevares donde beber alcohol y locales con prostitución. Cuentan por las calles que a los saudíes les gusta ir a estos últimos y así de paso dejan caer unos barriles.

Fui a un bar donde predominaban expats, turistas como yo o marroquíes medios, donde se podía beber alcohol, pese a las restricciones que rigen en Marruecos. Es extremadamente difícil conseguir alcohol y solamente unos pocos tienen derecho a venderlo. Y, como siempre, pese a lo que dictamina el Corán, las religiones son abiertas, variadas y poco estrictas en la realidad. Cuentan que durante las primaveras árabes, en esos momentos de anarquía, los marroquíes atracaban los lugares prohibidos: aquellos con reservas de alcohol.

Desde principios de los años veinte del pasado siglo, la ciudad tenía un notable carácter internacional debido a que ejercía de protectorado para países como Portugal, Francia y España. Es decir, tenía un carácter único en el país, siendo el único protectorado internacional compartido por varios países. La ciudad permaneció en manos extranjeras hasta 1956, cuando Marruecos proclamó su independencia de Francia y España, que controlaban el norte y el sur del país respectivamente.

Norte y Sur en Marruecos

Enero 2019

El Sáhara, sin embargo, queda muy lejos de la realidad norteña marroquí. Lo que se considera el norte de Marruecos es el territorio del actual reino que perteneció a España, mientras que el protectorado francés se ubicó en el centro y el sur. Esencialmente, Marruecos ha sido una colonia francesa en la que España intentó jugar sus cartas, pero con menos éxito. Sin lugar a dudas –y sin apriorismos innecesarios-, este viaje ha sido un descubrimiento en ese sentido: el observar y analizar las herencias y las disputas de los colonialismos francés y español.

Estas diferencias se observan en muchos aspectos como la comida, el carácter, el clima, la Medina, la arquitectura, el turismo y el paisaje. Mis recuerdos de Marrakech y el desierto de hace dos años me dibujaron una realidad marroquí diferenteEl ‘sur’, aunque geográficamente se sitúa también en el medio de Marruecos, lo recuerdo mucho más francés y árido, con los habitantes más pesados y con muchas infraestructuras turísticas. Con una dieta diferente y con mucha presencia de piel y haimas. Y, de alguna manera, también más anárquico y menos desarrollado.

El norte, sin embargo, es muy diferente. Desde la perspectiva marroquí norteña se ve al sureño como una persona diferente, al igual que pasa en otros países del mundo. “Los del sur siempre enfadados, nosotros tranquilos” o “la colonia española fue diferente”, comentaban algunos. Había un paso enorme entre Tánger y Larache, ciudades parecidas entre sí, y Rabat, mucho más alejada de ese espíritu norteño.

Intentaba asimilar estas marcadas diferencias geográficas y sociales. Inevitablemente establecía paralelismos con España: las simplificaciones me ayudaban pero en muchos casos eran inútiles. De alguna manera, el norte de Marruecos y el sur de España se parecen, sobre todo por una cuestión eminentemente geográfica: comparten las bondades del mar Mediterráneo.

Aun así, con una visión más global, el norte de Marruecos se podría asemejar al norte de España. Es decir, más verde, lluvioso y menos caluroso, y con gente más fría. En el sur, en cambio, las temperaturas son más elevadas y el paisaje es mucho más árido.

En Marruecos, pensando en el Sáhara

Enero 2019

NOTA IMPORTANTE: Gran parte de la información del diario viene de las conversaciones con mi amiga Arena. Gracias a su conocimiento del país y a su dominio del darija, el dialecto árabe hablado en el país, he podido profundizar mucho más y conocer aspectos esenciales de Marruecos.

Visité Marruecos por primera vez fue en diciembre de 2016. Un viaje de unos cinco días al clásico Marrakech y al desierto. Guardo un buen recuerdo de la que para mí fue la primera toma de contacto con el mundo árabe. Dos años después, muchas cosas han cambiado y mi interés por el país ha crecido: Marruecos me parece cada vez más un lugar cercano en todos los sentidos.

Marruecos, en lo que respecta al mundo musulmán, es un paraíso para los occidentales. Es mucho más turístico y liberal que cualquier otro país. En Rabat existe una élite diplomática extranjera; en Assilah, una medina habitada por europeos; en Chefchaouen, fumadores de hachís internacionales, y en Marrakech, unas poderosas infraestructuras turísticas.

El turismo desempeña un papel esencial en la economía del país. En 2017 visitaron Marruecos 11,7 millones de personas y el sector representa un 11,4% de su PIB. De alguna manera, si eres turista estás protegido en el país, más allá de que seas un “dólar con patas” y de los dramáticos episodios como el de las chicas nórdicas asesinadas recientemente.

En general, Marruecos en un país seguro y sin apenas indicios de terrorismo, al que se teme enormemente por los posibles efectos en el turismo. De hecho, Marruecos es conocido por sus servicios de inteligencia y el director general de la policía, Abdelatif Hamuchi, parece que sepa todo lo que ocurre en cada momento.

Desde el momento en el que entras en el país hasta que sales, las autoridades sabrán donde estás. La sensación no es que haya un sistema supertecnológico de vigilancia, sino un sistema de favores en la escala del poder. Quizás el vendedor de tabaco sin dientes de la esquina es un chivato del rey.

En el aeropuerto te pedirán dónde duermes (como en muchos otros lados) y te preguntarán tu profesión constantemente. Cada vez que haces el check-in en un hostal, los administradores están obligados a rellenar un documento con más información. Te volverán a preguntar tu profesión.

Aun así, estas cosas pasan en muchos sitios. La Unión Europea y Schengen son casos únicos –y en proceso de descomposición-, así que en muchos otros países, independientemente de sus sistemas, las cuestiones de control y seguridad podrán resultar parecidas. 

El vuelo a Tánger transcurrió con normalidad pese al madrugón. Llegué al aeropuerto a las 9 de la mañana y me quedé esperando hasta las 14.30 a que llegase mi amiga. Durante esas casi seis relajadas horas aproveché para leer, escuchar música y ver algún documental del mundo musulmán. También saqué algo de dinero en un cajero. 

Cuando quiero ver reportajes interesantes, siempre tengo la costumbre de ir directamente a Al Jazeera y esta vez vi un reportaje sobre los camioneros marroquíes que salen de Agadir en dirección a Senegal, pasando por las peligrosas arenas del Sáhara Occidental y Mauritania. Sin apenas dormir, con unas condiciones pésimas y un calor abrumador, estos conductores recorren miles de kilómetros transportando mercancías hasta Dakar, muchos de ellos sin esperanzas siquiera de volver.

En el documental se explicaba, entre otras cosas, los problemas fronterizos derivados de las relaciones entre Marruecos y el Sáhara Occidental, un tema de máxima preocupación para los marroquíes. Esa parte del Sáhara es históricamente su asunto principal de seguridad y no consideran al Sáhara Occidental como un territorio independiente.

Basta con observar los mapas. Tanto los colgados en las paredes de algunos hoteles como los que se pueden adquirir en librerías incluyen el Sáhara como una parte más de Marruecos. Este vasto territorio es esencialmente desértico y está habitado por apenas 300.000 personas, pero atesora importantes reservas de fosfatos.

La administración del Sáhara occidental está controlada casi en exclusiva por Marruecos. He escuchado grandes críticas al papel del Frente Polisario, los revolucionarios saharauis, como una “organización mafiosa que se dedica al tráfico de drogas”. Hoy en día el Sáhara Occidental es uno de los pocos territorios no autónomos que quedan en el mundo tras el proceso de descolonización.

Hace un par de años, la empresa sueca Ikea intentó abrir una tienda en Marruecos, pero se encontró con dificultades. El país nórdico, que se hallaba inmerso en un proceso legislativo para reconocer a los saharahuis, tuvo que modificar su posición para que su empresa pudiera instalarse. Contradicciones e intereses de la política internacional. Algo que me llamó la atención fue una versión marroquí, llamada Kitea, que pretendía emular los servicios de la multinacional sueca.

Fotografia extraída de kitea.com

El contencioso saharaui sigue en pie en la actualidad y es uno de los responsables de las malas relaciones entre Marruecos y Argelia. No existen vuelos directos entre estos países vecinos. Desde Marruecos, por ejemplo, se percibe a los argelinos como personas más violentas. Ideas generadas por una disputa histórica cuyo origen no es en absoluto el Sáhara Occidental –Argelia apoya en la sombra al Frente Polisario-, sino que sus raíces son mucho más antiguas.

Salam Aleikum en Marruecos

Diciembre 2016

El día siguiente lo pasamos prácticamente todo en coche, con paradas en espectaculares paisajes. Estuvimos en en Ait Ben Haddou, un precioso pueblo de color barro, escenario de películas como Gladiator o Juego de Tronos y patrimonio de la humanidad por la Unesco. Al igual que el día anterior, nos llevaron con la furgoneta al antro más turístico, pero esta vez pasó algo curioso. Íbamos los últimos en la fila, un pelín descolgados, cuando nos paró el conductor y nos dijo que siguiéramos a uno de los camareros. Nos acabó llevando a una sala apartada del resto del grupo. Nos separó especialmente porque sabía que no íbamos a pagar esos precios desorbitados, tal y como había pasado el día anterior. Al final, acabamos sacando un menú de diez euros por seis, con agua incluida, pero costó lo suyo. La comida fue de las mejores y más completas.

Después de dos días y una noche fuera, llegamos sobre las 19:30 a Marrakech. Acompañados de un cansancio pronunciado, volvimos al hostal y tuvimos tiempo de descansar un rato. No teníamos cena, por lo que tocaba callejear por la plaza. Por la noche, montaban una serie de comercios para cenar, en forma de pasillo a lo largo de la plaza, donde podías comer pinchos morunos, tajines y cosas típicas marroquíes, a precios asequibles. Procedimos a meternos en el pasillo y el agobio era máximo, avanzabas un paso y venía un joven para que fueses a su bar. Era sumamente divertido, a la vez que agobiante. Son extremadamente pesados, incluso te cogen.. Si no tienes algo de picardía, te pillan y no te sueltan. Eran capaces de decirte cualquier cosa para seducirte:

“Barcelona, Messi, Barça, Visca Catalunya lliure, tenemos gambas de Palamós”

“Tenemos salchicha de Nacho Vidal, paquirrín”

“Antonio, Javier Bardem”

Se sabían el famoso poema infantil de:

“La lluna, la pruna, Vestida de dol, Sa mare la crida, Son pare no ho vol. La lluna, la pruna  i el sol matiner,”

Son capaces de venderte y conseguirte cualquier cosa en cualquier momento. Saben todos los idiomas que uno se pueda imaginar. 

Marruecos es un país con una historia marcada por una convivencia cultural entre diferentes pueblos, en la que han pasado bereberes, árabes, cristianos, romanos, piratas, cartagineses y un largo etcétera. Todas estas influencias han creado una sociedad única. En cuanto al origen étnico, en términos raciales, en Marruecos el color de piel es principalmente el típico del Magreb (café con leche), aunque también hay gente blanca y negros, sobre todo senegaleses.

Paseando por la Haima

El tema del género en el mundo árabe es un tema complicado. La situación de la mujer es bastante peor que en Occidente, y ha sufrido un retroceso en los últimos años. Existen sin embargo corrientes corrientes de feminismo árabe.  Marruecos es además uno de los países más liberales del mundo árabe.

La narrativa Occidental, mostrada como una lucha constante por las libertades individuales, puede ser peligrosa a la hora de analizar a las relaciones de género en el mundo árabe que, sin ganas de caer en un excesivo relativismo cultural, podemos hablar de ciertos temas polémicos como el burka o la mujeres en espacios públicos. 

En Marruecos las mujeres suelen ir tapadas, excepto a alguna chica joven  ¿Cómo interpretamos esto? La mujer árabe va tapada no únicamente por una cuestión cultural o una imposición patriarcal, sino también por una crítica y una manera diferente de ver la realidad. ¿Es tan libre la mujer occidental? Se preguntaba la mujer árabe, viendo a la occidental como un producto de consumo.  Por otro lado, es notorio también el menor papel de la mujer en los espacios públicos, debido a que se dedica a los cuidados y a la familia. 

Tras el cansancio de dos días recorriendo el sur de Marruecos, tomamos el último día para hacer algunas compras en el zoco. También tuvimos, después del desierto, la experiencia más impactante y curiosa del viaje, la visita a una Hammam tradicional, el baño público típico de las sociedades árabes, importante por su función social en materia de descanso, limpieza y reunión. No entraba dentro de los planes iniciales, pero preguntamos en el hostal y nos dijeron que había uno cercano.

Para entrar teníamos que comprar un jabón negro y una especie de toalla, además del euro que costaba entrar. Llegamos y nos quedamos anonadados. ¿Dónde carajo nos habíamos metido? Nadie hablaba inglés o español y no sabíamos dónde estábamos. Pero mediante señas y expresiones logramos comunicarnos. Estábamos en el vestuario, en el que teníamos que ponernos en calzoncillos para entrar a los baños. 

Nos cambiamos y entramos. Se componía de tres salas conectadas entre sí y había grifos de agua caliente y fría. En el Hammam te daban un cubo rojo y un pequeño recipiente para jugar con el agua. Básicamente, en los Hammams tienes que echarte los utensilios y jabones comprados, mediante unas instrucciones, que aprendimos copiándonos de un marroquí. En los Hammams, los musulmanes se ayudan entre ellos. Lo admito, la primera sensación fue la falta de higiene, pero al cabo del rato lo acabas normalizando y te acaba gustando. Te da la sensación de que te estás purificando. Fue la mejor ducha de mi vida. Me llamó la atención una escena, en la que un padre limpiaba literalmente a su hijo. Le pegó un repaso increíble. Me preguntaba, ¿cuánto llevaría sin ducharse el niño?

En la última noche antes de volver a Barcelona, el Riad invitó a cenar todos los huéspedes, creando así un ambiente festivo y una mejor imagen de la que ya nos llevábamos. 

Otro tema a comentar es el papel del Estado y la economía del país, así como su actualidad política. Algo que nos llamó la atención fue la cantidad de mendigos y gente en condiciones infrahumanas que uno se encuentra por las calles. En Marruecos el Estado del Bienestar o el Estado fuerte en temas sociales apenas existe, por lo que si estás en mala posición social lo tienes bastante crudo. Algo curioso, que me explicaba mi amigo marroquí, es el hecho de que la gente no tiene que pagar impuestos por tener carretas ambulantes. Y comentando con mis colegas economistas -mis compañeros de viaje-, nos preguntábamos cómo debería funcionar el sistema impositivo en Marruecos.  El gasto público es aproximadamente del 30%.

Mirando otros indicadores, vimos que el Índice de Desarrollo Humano es bastante bajo, con un 0,62%. En lo que respecta a la economía de Marruecos, el país se ha convertido muy dependiente del turismo en los últimos años. El sector terciario representa el 50% del PIB. La agricultura, por otro lado, da ocupación al 43% de la población pero únicamente produce el 14% del PIB. La población de Marruecos ha crecido espectacularmente, pasando de 10 millones en los años cincuenta hasta los casi treinta y cuatro millones que tiene en la actualidad. Para finalizar, es necesario también comentar la estructura de la pirámide de su población, marcada por la gran cantidad de población joven.

En su condición de país pobre, Marruecos ha sufrido cambios importantes, debido principalmente al impacto de las Primaveras Árabes. El país, como explica Ben Jalloun, ha comenzado un proceso de reforma, incentivado por las revoluciones y por la llegada al trono de Mohamed VI en 1999. Se han mejorado en aspectos de Derechos Humanos, la prensa ha recuperado cierta independencia, se ha creado un Código de la Familia para mejorar las condiciones de la mujer. Aun así, existen problemas muy graves en Marruecos, como la pobreza, el paro juvenil, el analfabetismo y la corrupción galopante. 

Marruecos podríamos dividirlo en dos. Un Marruecos profundo, monárquico, que controla la economía, la política exterior y la política interior. Y otro país representado por el papel de otras instituciones políticas y de la sociedad civil. Desde las primaveras, el partido islamista moderado, Justicia y Desarrollo, ha logrado tener un papel más importante en la vida política del país. La sociedad marroquí lleva años adoptando hábitos democráticos y el sinfín de organizaciones existentes lo corrobora. Algo imprescindible es evitar caricaturizar al mundo árabe como si no tuviese sociedad y todo girase en torno al estado. Marruecos es el país con más asociacionismo del mundo árabe y su riqueza en este aspecto es increíble.

Después de cuatro días intensos en Marruecos, tocaba volver, pasando por el moderno aeropuerto de Marrakech, el Menara. No quería volver, como siempre que estoy de viaje.