Bosnia, territorio de cementerios y heridas abiertas

Agosto 2017

Abandonar Belgrado fue duro debido a las emociones que nos había suscitado. Ya nos habíamos despedido de Milan y teníamos los tickets para el bus dirección Sarajevo, así que agarramos nuestras mochilas, pillamos el bus y nos plantamos en la estación central de Belgrado. Llegamos con antelación para evitar problemas. La sensación era que tras dejar la Unión Europea el “desarrollo” era ligeramente menor, notándose una diferencia entre Serbia y Hungría. Esa palabra me persiguió todo el viaje, a la cual estuve dándole vueltas y  vueltas, más incluso que en el Máster que había cursado con anterioridad.

Mezquita en zona rural

A nivel de percepción, “desarrollo” hace referencia al estado de las infraestructuras, a la tecnología en los sistemas de información y al estado de la gente que ves en la calles. Cosas como la limpieza de las calles y el estado de los edificios, o de poder pagar con tarjeta de crédito y adquirir billetes de tren o bus por Internet. 

A nivel analítico, el desarrollo se convierte en una cuestión mucho más compleja. Por un lado, debemos entenderlo como un conjunto de estadísticas (esperanza de vida, calorías diarias consumidas o acceso a la educación, entre otros). Por otro lado, deberíamos entender que el desarrollo ya no se concibe meramente como crecimiento económico de un estado, si no que se amplía llegando a otras variables (desarrollo medioambiental, por ejemplo) y se profundiza, poniendo el foco en el individuo (desarrollo humano) y no únicamente en el estado.

Así que como vemos, hablar de desarrollo es sumamente complicado y nos permite relativizar acerca de lo supuestamente avanzada que está una sociedad y un sistema.

El choque que íbamos a ver durante el viaje sería bastante grande.  En Serbia, tras cuatro días, tuvimos un problema de esos de “desarrollo”, a los que nos fuimos acostumbrando y tanto nos sirvió para aprender. Al principio los consideras problemas, pero al final representan el gusanillo de viajar a zonas menos desarrolladas.

La situación era la siguiente. Habíamos comprado los tickets. Que por cierto, nos salieron bastante caros (los que más del viaje), alrededor de unos 20-25 euros. Estábamos en la zona de espera y nos decidimos a ir a tomar el bus. Pero resulta que para entrar en el parking de buses tenías que pagar alrededor de 1 euro por persona, y apenas teníamos dinares (moneda serbia). Nos pareció una estafa pero vimos a todo el mundo hacerlo y procedimos. Nos dieron el ticket de entrada y listos. El bus dirección Sarajevo estaba allí aparcado y salía en quince minutos, por lo que teníamos tiempo de sobras.

Fuimos a enseñarle el ticket online que habíamos comprado por Internet al autobusero. Lo vió y nos miró raro. Con sus sesenta años de edad no quería saber nada de móviles. No nos creía y decía que teníamos que sacar los tickets en las taquillas, que eso no le valía. Todo ello hablando mediante señas o chapurreando esperanto.

Una pequeña sensación de pánico nos entró, aunque la calma barrioviajera estaba allí. Hablamos con el guardia que nos había dejado entrar al parking por un euro y fuimos a intentar validarlos. Íbamos a preguntar y cada vez nos mandaban a una taquilla diferente. Primero a información, luego a incidencias y luego a la taquilla 12. Recuerdo ese número.

Al final, tras insistir a tiempo récord, negociar y enfadarnos, conseguimos nuestro ansiado ticket para el conductor. Más aun, tuvimos que pagar, de nuevo y obligatoriamente, por poner las mochilas en el maletero del autobús, ya que iban con seguro. Otro euro más. Así que definitivamente emprendimos el viaje en el solitario bus, en el que había muy poca gente y que tenía una duración de aproximadamente de diez horas.

Nos habían dicho que le llaman “la vomitera”, debido al conjunto de montañas que atraviesa y la elevada posibilidad de vomitar en el trayecto.

Cementerios

Los días de viaje siempre se hacen pesados, pero en la vida del mochilero son muy frecuentes. De hecho, mochilear implica estar siempre con un espíritu nómada, por lo que te acabas acostumbrando y adaptándolo a tu rutina. Diez horas en bus, a vista de un mochilero, es una cifra sin más; sin importancia alguna. Con un poco de música, conversaciones interesantes y disfrutando del paisaje se nos haría más ameno. Al final, el camino y no las metas son lo realmente importante.

Tras abandonar el área metropolitana de Belgrado empezaron los campos y las llanuras, hasta que llegamos a la zona fronteriza, por donde pasaba el río Drina, afluente del río Sava. Al estar en la frontera de Bosnia, nos dieron un papel informativo sobre las cosas prohibidas a hacer en el país, y seguidamente un guardia nos registró las mochilas. Nos hizo gracia la gorra que llevaba el policía bosnio: básica y con el escudo del país. Otras cuestiones a comentar acerca del “desarrollo”.

Tras haber superado la frontera el autobús empezó a adentrarse en la carretera que bordeaba al río, repleta de montañas verdes y unas vistas espectaculares, acompañadas de unas curvas que nos revolvían el estómago. El recibimiento a Bosnia y Herzegovina fue espectacular en términos paisajísticos. Nos dieron ganas de irnos a vivir allí. Se comenzaban a palpar las diferencias con Serbia. Cementerios, muchos cementerios. Iglesias ortodoxas y mezquitas. Restos de disparos y algún edificio destruido. Un ambiente más rural, esquivando vacas y ovejas. Estragos de una reciente guerra sangrienta.

En líneas generales, Bosnia y Hercegovina tiene una historia contemporánea parecida a Serbia, marcada también por el Imperio Otomano. Pero a diferencia de Serbia, Bosnia siempre se caracterizó por ser un territorio más multicultural. Durante los 500 de años del periodo otomano el país sufrió un periodo de modernización económica y política, al igual que una islamización del país. El pacto social que ofrecían los otomanos en sus territorios era justamente ese. 

La vida pública en sus zonas de influencia estaba marcada por la presencia del islam como religión, por lo que si querías acceder a una serie de derechos (cívicos, políticos, sociales, etc), tenías que convertirte al islam. Comenta Tamara Djermanovik, en su libro Viaje a mi país ya inexistente lo siguiente: “Los musulmanes de bosnia, a los que Tito dio el estatus de nación, étnicamente son eslavos que adaptaron la fe musulmana entre los siglos XIV y XVI”. En este sentido, a diferencia de Serbia, el islam penetró con más fuerza que en el resto de pueblos yugoslavos.

Mientras que Eslovenia y Croacia forman parte de una tradición más católica, más latina y más romana en general, Serbia, Macedonia y Montenegro se engloban dentro de una tradición de religión cristiana ortodoxa y heredera de los bizantinos. 

Aunque la gran mayoría de los pueblos sudeslavos tengan orígenes étnicos similares (exceptuando los albaneses), la diferenciación religiosa, auspiciada durante los últimos 500 años, ha generado múltiples controversias. Bosnia, en estos Balcanes diferenciados, se situaba en la mitad.

En Bosnia convivían bosníacos (bosnios musulmanes), serbios (ortodoxos) y croatas (católicos). Así pues, tras los quinientos años de Imperio Otomano en Bosnia y Hercegovina, llegó el Imperio Austro Húngaro en 1878. Seguidamente, llegaron las primeras ideas yugoslavas y la Primera Guerra Mundial.

Anochecía y nos metimos en un valle para llegar a Sarajevo, donde había unas vistas increíbles, hasta que superamos las montañas y, expectantes, llegamos a Sarajevo. El sol bajaba lentamente y nos íbamos adentrando en la ciudad, por uno de los bordes que la rodeaba. Era un mirador constante, un increíble recibimiento a esta ciudad rodeada de montañas.

Se hizo de noche y el bus nos dejó en la ciudad, en una estación de una zona periférica. No teníamos ni idea de cómo llegar al centro, donde estaba el hostal que previamente habíamos consultado por Internet. En la estación conocimos a un francés que nos indicó como ir, tomando un único bus que te dejaba en un lugar céntrico. A todo esto, era de noche y no teníamos ni un marco bosnio (la moneda de allí), por lo que estábamos un poco perdidos.

Aunque ese tipo de situaciones nos encantaba y nos hacía aflorar la mentalidad mochilera, lo que luego apodamos como espíritu balcánico. Así que tomamos el bus, por las afueras de Sarajevo. Sin pagar, obviamente.

  • Es muy complicado que nos pillen. Será como en Belgrado.
  • Tío, como nos van a pillar aquí, en Bosnia.
  • De todas formas no tenemos dinero.
  • Venga, ¡vamos!

Entramos y a los cinco minutos entró un revisor, contra todo pronóstico. Por lo que tuvimos que hacernos los extranjeros perdidos sin un duro. No pasó nada, y a raíz de eso entablamos conversación con un amigable bosnio durante el trayecto. Media hora más tarde, por fin, tras muchas horas deambulando, llegamos al hostal y pudimos relajarnos un rato. Era una casa reconvertida a hostal, custodiada por una pareja de abuelos bosnios con mucho carácter. De hecho, la casa, con un salón repleto de antigüedades, era su antigua vivienda, que sobrevivió intacta a los años de la guerra.

La atmósfera y la vida nocturna que nos había transmitido Sarajevo nos eclipsó, por lo que tras aposentarnos decidimos ir a dar a una vuelta por el centro de la ciudad, y aprovechamos para visitar el famoso barrio turco (Bascarsija) y comer un Cevapcici, la comida típica de los Balcanes (una especie de carne de hamburguesa en forma de salsicha, acompañado de pan turco y cebolla).

Cevapicis!

Visitar Bascarsija fue un experimento y un contraste espectacular, pasando de Europa al mundo musulmán en un periquete. Una pequeña reliquia en el corazón del continente. Artesanía turca, mucho té y café turco, hiyabs y burkas. Una variedad que nos dejó anonadados, una ciudad única que nos enamoró, deparándonos también muchas aventuras y experiencias inolvidables.

La idea de Yugoslavia

Agosto 2017

Nos despertamos congelados en la habitación del hostal. Al salir de nuevo al aire libre, volvimos a notar la exuberante ola de calor. Nos esperaba el último día dedicado a conocer Belgrado. Pensamos incluso en quedarnos más. Pero este era uno de los dilemas. No siempre puedes quedarte allí donde estés bien; a veces tienes que irte y ya está.

Es importante cerrar etapas, y más en un viaje largo en el que conoces a muchísima gente y te tienes que mover. Es una especie de mística viajera que nos afectó durante el viaje. También podríamos explicarlo debido al cálculo racional de nuestras mentes, que eran conscientes de que estar demasiado tiempo en un sitio luego te lo resta a otros. Es decir, que teníamos unos 25 días para ver 6 países más. Y digamos que era un poco justo e inabarcable. Si hubiese sido por nuestro corazón, habríamos estado más. Pero la mente esta vez venció la batalla.

  •  David, ¿Nos quedamos más o qué?
  • Puf, no sé, no sé. Deberíamos irnos.
  • Yo me quedaría.
  • No tío, nos tenemos que ir. Que nos liamos.
  • Venga va.

Para decidirnos, por muchos cálculos racionales que hiciese nuestro cerebro, se basaba al final en la insistencia y la motivación. Por lo tanto, decidimos que era nuestro último día y que mañana partíamos hacia Sarajevo. No sabíamos cómo aun. La opción preferible era autostop, ya que resultaba más económica y más sociológicamente interesante. Debido a nuestra experiencia anterior y el calor sofocante, nos decantamos a última hora por el bus, que salía al día siguiente a media mañana.

Tras nuestros debates acerca del cuándo y dónde viajar, decidimos pasar la mañana en el hostal, descansando. En esos momentos es cuando me ponía a reflexionar, buscando información por Internet, hablando con la gente o leyendo libros. Y es de esta manera, en este pequeño descanso en el caluroso Belgrado, comenzó mi estudio de los Balcanes. Había tratado de escribir en Budapest, pero no conseguí inspirarme, más allá de ciertas notas que apuntaba en mi móvil. Parecía que había llegado el momento en el que podía ponerme un rato con la tablet.

Todo iba bien.

Todo iba relativamente bien para Serbia mientras los otomanos se descomponían, hasta que estalló la Primera Guerra Mundial en 1914 tras el “Atentado de Sarajevo”, con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, posiblemente uno de los acontecimientos más importantes de la historia. La IGM (1914-1917) enfrentó al bloque de la Triple Entente (Reino Unido, Francia, la Rusia zarista y demás potencias) y la Triple Alianza (el imperio alemán, el imperio austrohúngaro e Italia). Las razones de la guerra, ampliamente estudiadas por los académicos, se deben a los profundos conflictos económicos y sociales y las tensiones derivadas de la colonización, que suponía una competición para las potencias europeas.

La IGM fue el máximo exponente de lo que Lenin llamó “imperialismo”, es decir, una nueva fase del capitalismo en la que éste se expande por todo el globo y necesita apoderarse de todos sus recursos. Así pues, Lenin, inspirador de las doctrinas socialistas que acompañaron a la futura Yugoslavia, calificó a la IGM como una “guerra imperialista”, criticando con vehemencia la actitud del imperio ruso. La IGM supuso el inicio de la Revolución rusa (1917), momento en el que Lenin puso en práctica sus doctrinas.  

La IGM volvió a reconfigurar la geopolítica de los Balcanes y se comenzaron a observar los primeros vestigios de la unión de los eslavos del sur. El territorio que ocupaba anteriormente el imperio austrohúngaro fue el lugar en el que se fundó el  Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (1918), bajo el dominio de Pedro I y posteriormente de Alejandro I.

La configuración de este nuevo Estado fue polémica y se desarrolló con muchas complicaciones, en la que convivieron múltiples grupos étnicos y religiosos. El Reino duró a duras penas hasta 1928, cuando comenzó la dictadura absolutista –con una creciente serbización del sistema- y se creó el Reino de Yugoslavia (1929-1945). Alejandro I organizó el nuevo país solamente durante cuatro años, debido a su muerte por asesinato en 1934. Seguidamente, la familia real siguió ostentando el poder.

Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. Fuente: Wikipedia

Esta sucesión de trágicos acontecimientos y luchas por el poder fue la regla común que se produjo en los Balcanes desde la caída del imperio otomano. Pero se fraguando con más intensidad a partir de la IGM, con el inicio de lo que E. H. Carr llamó “la crisis de los veinte años”. El historiador británico alertó a los idealistas que, en un sistema internacional inestable, garantizar la paz mundial era un sueño peligroso que podía desembocar en la hecatombe.

Mientras la Sociedad de Naciones (1919) -la antesala de Naciones Unidas-, creada en el Tratado de Versalles para propugnar por la paz y la cooperación internacional, se mostraba inútil e ineficaz, el crack del 29, una gran crisis económica mundial que puso en vilo los principios del capitalismo de libre de mercado, estaba engendrando un monstruo: el fascismo.

Este monstruo, fruto de las contradicciones del capitalismo y herramienta útil para el freno de los movimientos obreros en Europa, influenció a una parte importante de la antigua Yugoslavia.  Las ideas del nacional-socialismo llegaron hasta Croacia, bajo el movimiento ustachi.

La Segunda Guerra Mundial empezó en 1939 y las potencias comenzaron a organizarse. Por un lado, las potencias del eje: Alemania, Italia y Japón). Por otro lado, Francia, Reino Unido, Estados Unidos, la URSS y la República de China. La situación era sumamente complicada e inestable. El ejército alemán avanzaba imparable y había logrado convencer a otras naciones para la consecución de su deseado III Reich. ¿Qué pasaba, pues, con la idea de Yugoslavia, amenazada por el nazismo?

En esos momentos, mientras Serbia se intentaba desprender del yugo nazi, diferentes movimientos políticos comenzaron a organizarse para dar una salida al conflicto. En primer lugar estaban los monárquicos y conservadores, llamados chetniks. En segundo lugar estaba Josip Broz Tito -alias “Tito”- un militar comunista que dirigió al grupo de los partisanos desde el 1941, tras la invasión de los nazis. Mientras se luchaba conjuntamente contra el nazismo, se libraba entre las propias fuerzas serbias el futuro del país que, tras el fin de la guerra, cayó en manos Tito y los comunistas.

A partir de allí nació Yugoslavia, una confederación única hasta el momento. Yugoslavia se  presentaba como un país alejado de la ortodoxia y el centralismo de la URSS, por lo que a los americanos no les molestaba tanto. Más aun, tras la ruptura entre Tito y Stalin en el 1946. Criticado y financiado por las dos superpotencias. Situado entre ellas, ejerciendo de balance. Lo que le llamaron una “vía original hacia el socialismo” bajo el liderazgo de Tito. El socialismo de Tito fue un experimento único, por su componente autogestionario y su lograda multiculturalidad que duró con cierta harmonía hasta principios de los ochenta.

El liderazgo de Tito me sorprendió, ya que a diferencia de la URSS y el pacto de Varsovia, su figura estaba bastante legitimada y aceptada por las diferentes repúblicas yugoslavas.  Decidí comprarme un pequeña estatua de Tito. Un recuerdo con un toque étnico: el marketing postcomunista que impera en los países eslavos ortodoxos. Una muestra, al fin y al cabo, del soft power postsoviético. Y nostálgico, muy nostálgico. Una nostalgia muy común en la vida belgradense.

Nuestro último día tenía que ser intenso. Así que desistí de escribir, como era común ya en mis andares y fuimos a hacer el free tour de la ciudad. Visitamos lo que le llaman el Montmartre (barrio bohemio de París) de Belgrado, llamado Skadarlija, una calle muy bonita con centros de arte, restaurantes típicos y mercadillos. Seguimos visitando la ciudad durante ese lluvioso día que nos hacía verlo todo con otra perspectiva. Se trataba de una ciudad gris por regla general, siendo esta la consecuencia de una historia tan dramática y convulsa. 

Las ciudades grises y nuevas siempre tienden a tener una amplia cultura underground. La gente necesita expresarse de alguna manera cuando tienes un barrio viejo reconstruido. Es ahí cuando sale el arte urbano. Si tus edificios tienen 500 años de historia no los llenarás de grafitis. En cambio, si estos son grises sí.

Después de la visita fuimos a comer con Milan por su barrio, al típico bar-restaurante serbio. Comimos una cantidad impresionante de carne, además de pan, chupitos de rakkia (licor de allí), ensaladas y un largo etcétera. Vamos, un atracón de esos parecidos a los navideños que hacen que tu estómago permanezca funcionando varias horas. Y todo por un precio irrisorio. Nuestra compostura merecía un descanso tras la comilona, pero había quedado para dar una vuelta con la familia de canarios que conocimos en el tren.

Quedamos exactamente en uno de los lugares más impactantes de toda la ciudad: el ex Ministerio de Defensa de la antigua Yugoslavia. Este impresionante edificio fue bombardeado por la OTAN en 1999 y se convirtió en uno de los símbolos nacionales del sufrimiento serbio. Tras la destrucción del edificio, el gobierno serbio puso una gigantesca pancarta para el alistamiento al ejército serbio, con una mujer militar en la portada. Como vemos, las heridas y la nostalgia de Serbia son las consecuencias inevitables del nacionalismo serbio.

De alguna manera, Yugoslavia funcionó más o menos bien y la gente de allí llegó a creerse el proyecto. Pese muchos problemas, como las desigualdades, la diversidad religiosa, la diversidad étnica y las demandas de más autonomía, la idea yugoslava aguantó durante un tiempo, pero acabó de una manera trágica: la guerra. Y concretamente, una guerra muy sangrienta y que ha dejado muchas heridas abiertas. Por lo tanto, Yugoslavia fue un experimento que pereció, que dejó muchas huellas en las mentes sudeslavas. 

Tras visitar las famosas ruinas de Belgrado, paseamos a lo largo del río Danubio y estuvimos al lado de uno de los puntos por donde pasa la ruta en bicicleta del Danubio, una de las más conocidas a nivel europeo. Así que si hay algún interesado en recorrer Europa en bicicleta, que sepa que esta es una de las mejores opciones.

El calor se iba yendo y anochecía, por lo que volvimos de nuevo a Svezdara para despedirnos de Milan. Debido a nuestro uso fraudulento del transporte público en Belgrado, nos llegamos incluso a conocer cómo funcionaba, a grandes rasgos, el servicio de buses y tranvías. Así que quedamos y fuimos a tomar las últimas cervezas. Fue un momento muy emotivo. En apenas unos días habíamos comenzando una relación de amistad que dura hasta el día de hoy. Y despedirse, cuando las cosas suceden con mucha intensidad, es duro. De hecho, no nos queríamos ir de Belgrado. Pero debíamos. Al día siguiente, sobre las 12:00 del mediodía nos dirigiríamos hacia Sarajevo (capital de Bosnia) en bus.

Los orígenes de los pueblos sudeslavos

Agosto 2017

A la gran mayoría de las capitales centroeuropeas les gusta vanagloriarse de su situación geográfica y de su heroica historia. Si vas a Berlín, Praga o Budapest, en las guías o explicaciones te harán alusión constante de su ventajosa situación estratégica. Belgrado también cumple con esos aspectos: ha sido históricamente una ciudad en disputa por diferentes grupos, países e imperios y bebe de las orillas del río Danubio en toda su plenitud, acompañado de su afluente el Sava.  

Belgrado es y ha sido la ciudad históricamente más grande de los Balcanes. Las leyendas cuentan que ha sido reconstruida más de 40 veces, tras siglos de constantes guerras. Los orígenes de los primeros asentamientos humanos datan de hace miles de años.

Situémonos en el fin del imperio romano de Occidente, en el siglo VI, cuando los bárbaros aparecieron. En esos andares, los eslavos, venidos del Nordeste europeo, aparecieron en la región y formaron pueblos y ciudades; es decir, asentaron su civilización.

Eslavos orientales: verde bosque; Eslavos occidentales: verde menta; Eslavos meridionales; verde esmeralda.
Fuente: Wikipedia.

El término de Yugoslavia se basa en la combinación entre Yugo, haciendo referencia al sur, y Slavi, haciendo referencia a los pueblos eslavos. Se distinguen en el mundo tres pueblos eslavos: los occidentales (checos, polacos, etc), los orientales (rusos, ucranianos, etc) y los meridionales (Eslovenia, Croacia, Serbia, Montenegro, Bosnia y Hercegovina, Macedonia, Bulgaria).

Dentro de eso llamado Balcanes, complicado de por sí de definir y de delimitar sus fronteras geográficas, los pueblos sudeslavos fueron los predominantes, junto con otros como los albaneses. Cuando hablamos de Balcanes entendemos, a priori, montañas y guerra, pero la realidad es mucho más compleja.

Tras la aparición de los bárbaros, se fueron originando las culturas propias en la región del sudeste europeo, como los eslovenos, los croatas y los serbios. El reino de Serbia, originado en Kosovo, llegó a dominar un gran territorio en su reinado del XII hasta el XV, hasta que el Imperio Otomano, venido desde Turquía, apareció.

En la histórica batalla de Kosovo en el 15 de Junio de 1389 el Reino de Serbia comienza su proceso de descomposición. Una batalla que, con el paso del tiempo, se convirtió en un importante componente de la identidad nacional serbia. Concretamente, esta reivindicación de la batalla de Kosovo es especialmente importante en el acto que realiza Milosevic (presidente de Yugoslavia desde el 1989 al 1997) en 1989, pronunciando un discurso patriótico por los 600 años de la histórica derrota frente a los otomanos.

Los otomanos conquistaron los Balcanes y anduvieron allí cinco siglos, en lo que llegaron hasta Serbia y Bosnia, e incluso superando más allá de Budapest en su época de pleno apogeo. Su periodo de máximo expansión aconteció desde finales del siglo XVII hasta principios del XIX, hasta que empezó su declive mediante la pérdida cada vez más gradual de territorios. Concretamente, los Serbios protanizaron diversas insurrecciones, consolidando un Principado (un semiestado serbio) y posteriormente un estado independiente, formalizado en 1878 mediante el Congreso de Berlín. Situándonos, además, en la guerra entre el Imperio Otomano y el Imperio Ruso (1877-1878), que ganaron los segundos.

Los rusos lograron defender a los cristianos ortodoxos de los Balcanes –sus pueblos “hermanos” de los Balcanes, los serbios- y logrando el acceso al mar Mediterráneo.

El reino de Serbia en 1882. Fuente: filatelia.uy.

La historia balcánica plagada de conquistas, guerras, imperios y religiones sumamente complicada y en constante evolución, que acabó dibujando un complejo mosaico cultural-religioso en los inicios del siglo XX. Toda esta explicación, recogida de libros, conversaciones con Milan e Internet, me ayudó y me ha ayudado a entender cuestiones que me sorprendieron estando en Belgrado.

Una cuestión que nos llamó especialmente la atención fue el sentimiento pro-rusia existente. Más allá de las conversaciones, el carácter serbio y el alfabeto cirílico, nos sorprendió ver en los mercadillos camisetas de Vladimir Putin de souvenir, de todos los tipos y colores.

Partida de ajedrez previa a irnos de casa de Milan. Parece que tenga dieciocho años. Me afeié tras un arrebato y además se me ve excesivamente delgado. La cerveza que no falte. Milan me retó y le gané.

Todo esto pasó tras habernos establecido en el hostal por el módico precio de ocho euros, que aun así intentamos regatearlo. El hostal estaba francamente bien. Barato, agradable, con un toque hippy-moderno. Se dividía entre dos edificios, uno para el hall y la recepción y otro para las habitaciones. E incluso tenía una piscina hinchable en el patio, que a cuarenta grados era un auténtico lujo. Era curioso porque había como 5 o 6 personas trabajando mediante work away, es decir, con un contrato por el cual el hostal ofrecía alojamiento y desayuno gratuito a cambio de trabajar para ellos. Es una práctica bastante extendida en el mundo hostalero.

Seguidamente, fuimos a pasear por fin por el centro de Belgrado. Después de prácticamente dos días en Svezdara, apenas habíamos visitado el centro de la ciudad. A Milan no le apetecía bajar. En cierta manera, me recordó a mí a veces con la relación que tengo yo con el centro de Barcelona. ¿Para qué ir al centro si ya lo tienes todo en tu barrio?

Una cosa curiosa y divertida en Belgrado era el tema de los buses y tranvías. No pagamos ninguno porque interpretamos que así funcionaba. No veíamos a nadie pagar y cuando preguntábamos a la gente nos decía simplemente que no sabían nada. Era una cultura de colarse bastante divertida, ya que pillamos la costumbre de movernos por Belgrado mediante el bus, cogiendo buses sin mirar nada prácticamente, solamente intuyendo que íbamos hacia el centro.  

Tras las impactantes camisetas de Putin y el agradable centro de la ciudad, nos dirigimos Kalemegdan, la fortaleza de Belgrado, rodeado de unos bonitos parques. Se trata del lugar más antiguo de la ciudad, con miles de años de historia y de reconstrucciones constantes.

El nombre viene del turco y significa “fortaleza del campo de batalla”. Es enorme y posee cientos de atractivos: museos, galerías, vistas panóramicas espectaculares, restaurantes, actividades, etc. Tras nuestro primer contacto con el centro belgradense, fuimos a tomar unas cervezas con Milan y dos amigas suyas, una serbia y otra brasileña. El intercambio cultural resulta siempre muy beneficioso.

Cuando llegamos al hostal por la noche nos encontramos con una grata sorpresa. Estaba el aire acondicionado puesto a toda pastilla. A 17 grados. En comparación al exagerado calor sufrido los días anteriores, el aire se agradece. Pero nos asustamos. Aun así, durmiendo bien abrigados no pasó nada. Era un maldito congelador. 

Mi vida en Belgrado

Agosto 2017

Cruzamos la calle y nos encontramos con Milan. No sabíamos su aspecto. Él nos tenía que reconocer, lo que no era especialmente complicado. Localizar a dos mochileros perdidos es llamativo para cualquier local.

  • Hello guys!!! Davide and Martin?
  • Yes man!!!! What a day in the Serb train!!!
  • Come on to my house. Go! How was the day?

Desde el minuto número uno ya hubo conexión. Caminamos dos minutos y llegamos a su piso. Un hogar de soltero: pequeñito y agradable. Una habitación para nosotros, con una cama familiar bastante estrecha. Pero ya estábamos preparados para todo. Con tener un hogar cálido y mínimamente cómodo nos adaptamos a cualquier lugar para dormir. Dejamos las mochilas, nos acomodamos un poco y fuimos al salón.

El primer ofrecimiento fue una cerveza, la cual no pudimos rechazar. Y es que en Serbia se bebe bastante como veríamos. De acuerdo a las estadísticas, Europa es el continente en el que más alcohol se bebe. Medio litro de cerveza no sentó mal. Tras la cerveza seguimos charlando y nos ofreció un café, a lo que también asentimos.

Nos preparó un café diferente, que luego me enteré que era turco. No turco de producción, sino de manera de hacerlo. Tenía un gusto ligeramente diferente, más espeso y con un toque de tierra. Cuando uno se toma este tipo de café ha de saber que no se ha de beber entero, sino dejar el final y, además, no removerlo. Este café se hace con una herramienta llamada “cezve” y se suele consumir con un vaso de agua.

Según tengo entendido, en España, o por lo menos en Barcelona, el  café se servía siempre con un vaso de agua. Ahora no ocurre eso: si quieres el agua la pagas. Pero en todos los países de los Balcanes tendrás siempre un vaso de agua que lo acompañará. El café en los Balcanes está ampliamente extendido por la región, siendo éste una de las muchas tradiciones y costumbres que dejaron los otomanos durante los cinco siglos que gobernaron la región.

Seguidamente, Milan nos propuso ir al Forest. Go to the forest. Una de nuestras reglas en el viaje era siempre decir sí, pero sin malinterpretaciones obscenas y maléficas. Tras los dos días de cansancio el cuerpo nos pedía descanso, pero aceptamos la atractiva propuesta que nos hizo. Ir allí y cenar con unas cervecitas. Más allá de que uno esté cansado, si nada más llegar te ofrecen un plan aparentemente decente no puedes negarte. Forma parte de la hospitalidad y de las experiencias tipo couchsurfing.

Caminamos durante unos 15 minutos en plena oscuridad, en lo que parecía una especie de Montjuic versión Belgradense, hasta que llegamos al Forest. Era una especie de bosque-descampado donde habían mesas, un bar y bastante gente. Un ambiente bastante agradable, acompañado de gente tocando la guitarra y demás cosas.

No habíamos cenado y fuimos a buscar algo de comida. Me quedé guardando una mesa y ellos fueron a por algo de comer y beber. Volvieron a los diez minutos con tres cervezas y un plato enorme de salchichas y patatas. Todo eso había costado unos cinco euros. Este fue uno de los precios que más nos impactó, ya que Hungría era más cara. Extremadamente barato nos pareció, pero en comparación a lo que venía en las próximas semanas, Serbia era incluso de lo más caro.

Nos levantamos tarde la mañana siguiente y estuvimos haciendo el perro todo el día, merecidamente. Hablando con Milan bajo la frescura de un necesario aire acondicionado que nos protegía de la ola de calor. Literalmente, no se podía salir a la calle hasta las ocho de la tarde, como en Córdoba o Sevilla.

En principio, queríamos visitar algo de la ciudad, ya que al hacer estancias cortas en los lugares que visitábamos no podíamos quedarnos sin hacer “nada”. Pero ese nada era realmente nuestro viaje. Ese nada lo era todo, que era lo acababa siendo barrioviajar. ¿Por qué?

El turismo estándar suele ser ver los monumentos, pasear por el centro y comer algo típico. No estoy en contra de ello, pero normalmente me resulta monótono si no hay una mínima interacción con los locales. No podrás absorber toda la información, verás una realidad desde fuera. Además, en general, en los Balcanes, el turismo no es igual que en Europa Occidental.

Hay muchas menos infraestructuras turísticas (obviando Croacia y la costa montenegrina), por lo tanto menos turistas y menos cosas a ver, o como he dicho antes, “nada”. Y ahí es dónde radica la gracia, ya que en los dos días que estuvimos con Milan no salimos de su barrio, Zvezdara, y estuvimos conviviendo con él.  Milan fue posiblemente la persona que más nos marcó del viaje, por la conexión y la buena onda que tuvimos desde el principio. Un hombre de unos 35 años que lleva más de diez años haciendo couchsurfing, hospedando gratuitamente a más de 350 personas en todo este tiempo, por lo que habrá conocido a todo tipo de viajeros variopintos.

El “nada” del que hablo fue ir a la piscina e ir al bosque. ¿Qué mejor manera de pasar el calor que en una piscina serbia? Estuvimos varias horas de remojo, que estaba repleta de serbios intentándose poner morenos. Tal cual es así que Milan se quemó y nosotros apenas no, al cual se le marcaban las gafas de sol en la cara.

  • You feel a like a guiri, Milan.
  • What is that?
  • We use guiri to refer the typical tourist in Spain.

Durante el transcurso del día me llamaron la atención varios aspectos, como el sentimiento antiamericano que existe en la mentalidad serbia. Son bastante anti OTAN, anti Estados Unidos y anti Unión Europea. La explicación: la historia. Es decir, la humillación a la que fue sometida el pueblo serbio frente a las potencias occidentales, derivado de los acontecimientos sucedidos durante la Guerra de los Balcanes.

Tras varias sanciones económicas a la antigua Yugoslavia, son especialmente conocidos los constantes bombardeos sobre Serbia y Belgrado por parte de la OTAN, debido a los sucesos de limpieza étnica en Kosovo. Estos fueron televisados por Javier Solana, exministro del PSOE y en ese momento secretario general de la OTAN, una de las figuras europeas más influyentes en los quehaceres internacionales. El sentimiento antiamericano se veía contrarrestado por una fuerte estima hacia la figura de Vladimir Putin y, en general, a la cultura eslava y a la religión cristiana-ortodoxa.

  • What is your opinion about Javier Solana, Davide and Martin? Do you know who is him?
  • Well, I know. He’s from PSOE and I don’t know about his self-history.
  • He is the greatest motherfucker of the world. The worst thing in the world.

Por la noche fuimos, de nuevo, al bosque, y pasamos también por un bonito mirador que permitía ver la parte este de la ciudad. Ésta era la última noche en casa de Milan, ya que al día siguiente venía un canadiense mediante Airbnb. Era una pena porque nos queríamos quedar más, pero tuvimos que buscar hostales para quedarnos un par de días más. Belgrado nos estaba encantando, pero siempre corríamos el riesgo de “pajarear”, ya que en realidad teníamos los días contados. Así que buscamos por internet y encontramos un hostal por unos 7-8 euros que parecía bastante decente.

Con Milan, más allá de debates políticos y de asuntos internacionales, hablamos de la vida, y como buenos viajeros, de viajar. Me marcaron unas palabras suyas:

  • Every time that you travel you open your mind. You improve your emotional intelligence.

El caluroso camino hacia Belgrado

Agosto 2017

Hacía un calor abrumador. Nos quedaba poca agua y estábamos a cuarenta grados, cargando las mochilas, sudando como cerdos y esperando –o buscando- la hospitalidad de algún coche. Casi deshidratados, en un arrebato de supervivencia, fuimos a pedir agua a una de las casas que habían por el camino. 

  • David, ve a pedir agua a esa casa. A ver si hay suerte.
  • (Va caminando hacia allí). Joder, hay perros. No sé si debería acercarme.
  • Da igual, no te harán nada. Te espero aquí.

Una amable abuelita nos rellenó la botella y nos regaló otra. A veces, la hospitalidad se tiene que buscar. No vendrá por sí sola. Entonces la otra persona reaccionará y decidirá ayudarte, de manera desinteresada. ¿Qué le podría llevar a la abuelita no dar agua a dos jóvenes casi desfallecidos? Nada. El ser humano, por lo general, intenta ayudar a su prójimo. Siendo solidario, es decir, ayudándose horizontalmente.

El norte de Serbia se llama Voivodina (jefe de guerra en serbio) y es la región más próspera del país, con un nivel de desarrollo parecido a Croacia y Hungría. Su capital es Novi Sad, la segunda ciudad más grande del país tras Belgrado. Es habitada por una gran cantidad de húngaros (aproximadamente 300.000, el 14,3%) y conocida por ser el “granero” de Serbia, donde se producían una gran cantidad de alimentos (el 80% de los cereales del país).

En un pasado formó parte del Imperio Austro-Húngaro y de muchos más países e imperios, por lo que durante ciertos momentos de la historia no ha estado siempre con Serbia. Durante la época Yugoslava mantenía el estatus de provincia autónoma de Serbia, un estatus inferior al de las repúblicas autónomas: Eslovenia, Croacia, Bosnia, Montenegro y Macedonia. La otra provincia autónoma era Kosovo.

Organización territorial en la antigua Yugoslavia
Repúblicas autónomas: Eslovenia, Croacia, Bosnia, Montenegro, Macedonia y SerbiaProvincias autónomas de Serbia: Voivodina y Kosovo
Fuente: soymapas.com

La Voivodina nos pareció desértica a primera vista. Llevábamos caminando prácticamente una hora y media, el sol se iba yendo y nuestras esperanzas caían, aunque el espíritu viajero podía contra todo tipo de adversidades y situaciones. Viendo la situación, estábamos pensando en acampar en algún lugar cercano, por el bosque.

No teníamos dinero serbio ni cajeros para cambiar. No conocíamos nada del lugar, ni si quiera la existencia de ciudades cercanas. La urbe más próxima estaba a 25 kilómetros. Todo eran carreteras rodeadas por cultivos, bosques y casas. Pasaban tractores, bicicletas y algún coche. Llegamos a una gasolinera dónde había sombra.

  • David, voy a ver si encuentro algo en la gasolinera.
  • Okey, me quedo esperando. En cualquier momento podemos tener suerte.

Literalmente, tres minutos más tarde oigo gritos suyos y veo un coche parado y a David negociando con él. Parecía que sí. Victoria. Tras cinco minutos negociando con el taxista, decidió llevarnos gratis hasta Subotica. Estuvimos hablando de varias cosas con él en el trayecto en su cómodo Lancia.

Con un gran parecido físico al padre de mi amigo, hablamos de fútbol y nos dijo que era fan del Athletic de Bilbao porque los jugadores eran originarios del País Vasco. Era serbio de ascendencia croata. Nos dijo literalmente: Croats fascists. La ilusión tras un duro día era obvia. Llegamos por fin a alguna ciudad.

Y esta era Subotica, una gran desconocida, a la cual le acabamos cogiendo bastante cariño. En teoría deberíamos estar ya en Belgrado, pero solamente logramos llegar a Subotica tras un duro día.

Eran las 8 de la tarde y el calor apabullante iba desapareciendo. No teníamos ni dinero ni alojamiento, por lo que sacamos algo de Dinares serbios y pillamos Wi-Fi para encontrar un rincón donde dormir. No había prácticamente nada. Cuatro hostales contados por el precio que estábamos dispuestos a pagar (10-12 euros la noche por persona máximo).

Descubrimos uno que parecía agradable pese a la poca información que tenía. Nos guiamos por el precio. Fuimos hacia allí, alejado del centro y oscureciendo, hasta llegar a la calle donde estaba. Caminamos y no veíamos nada. Nuestra frustración crecía tras un día repleto de emociones. Era casi de noche y vimos salir a una pareja, y se nos ocurrió preguntarles si eso era un hostal. Nos dijeron que sí. Pero es que no había ni un maldito cartel.

La alegría y la tranquilidad llegaron.  Teníamos un lugar para dormir. Hablamos con la mujer que lo regentaba y conseguimos regatearle a veinte euros una habitación con cama de matrimonio y lavabo propio. No hablaba nada de inglés y nos teníamos que basar en señas. Cuando uno quiere entenderse es fácil.

Se trataba de un lindo hostal con un jardín precioso y bien cuidado. Fuimos al súper y probamos la fanta azul shokata, un gran descubrimiento. Me bebí la botella grande entera, necesitaba recuperarme. En el hostal había gente: la pareja de eslovenos, unos viejos y Goran y su familia. Este último fue una de las personas que nos marcó en nuestro viaje.

Goran era un camionero serbio que residía en Moscú con su novia y sus dos hijas de su anterior expareja. Estaba en Subotica de visita familiar. Era un hombre de apariencia dura: físicamente grande, perilla de Heisenberg y repleto de tatuajes barriobajeros. Lo conocimos por la noche mientras cocinaba y su hospitalidad y amabilidad fueron únicas. Mientras cenamos junto a su familia nos ofreció sandía y whisky repetidamente, que lógicamente no pudimos rechazar.

Estábamos exhaustos pero había tiempo para hablar del mundo con un camionero serbio y su novia rusa. Nos metió la sandía en la boca. Nos dio consejos para ir a Belgrado, recomendándonos pillar el tren que iba directo, por unos cinco euros. Nuestra mentalidad, agotada por el calor y sufrimiento, desistió a hacer autostop bajo esas condiciones climáticas. Lo que posiblemente había sido el día más caluroso de nuestras vidas no podía volverse a repetir: no queríamos derretirnos en Serbia. La opción “fácil” y “cómoda” era el tren serbio. Miramos horarios y partía uno a las 12:40 de la mañana.

Nos despertamos y desayunos junto a Goran. Nos invitó a abundante carne con pan y queso. Todo buenísimo. Su dureza se mostraba esta vez mediante el Monster que se bebió para desayunar. No he conocido a nadie con estas costumbres. Estuvimos hablando de Moscú, Rusia, Serbia, Barcelona, etc. Lo gratificante que es el intercambio cultural y lo que puedes llegar a aprender mediante sencillas conversaciones. Preparamos las mochilas y nos dispusimos a partir. Pero Goran no estaba en ese momento y no pudimos despedirnos. Nos supo fatal pero así es la vida.

Salimos dirección a la estación, para sacar el billete que nos llevaría a Belgrado. Tras varios intentos hablando con la mujer de la estación lo conseguimos. Nos esperaban 190 kilómetros que, de acuerdo a los horarios del tren, serían unas 3:30h si todo iba bien y cómodamente, aunque ocurrió exactamente lo contrario. Fue un día casi más duro que el anterior. Nos metimos en el lento tren y no había aire acondicionado en plena ola de calor. Las caras de la gente hablaban por sí solas. El tren iba a 30 km/h.

Por suerte, conocimos a una familia de tinerfeños en el tren del infierno. Que casualmente eran de Tegueste (Tenerife), la ciudad en la que habíamos visitado hace tan solo un año y 2 meses. ¡Del mismo lugar que la familia de mi amigo! Benditas casualidades. Impregnarse de la calma canaria siempre está bien para pasar según qué momentos. Nos hicimos bastante amigos suyos y nos dimos apoyo mutuo en ese duro día.

Cuando llevábamos 2 horas de trayecto el tren se paró repentinamente. Por lo visto, se había quedado sin electricidad y, además, había un incendio enfrente. La gente nos dijo que se trataba de algo normal, que los trenes en serbia no van muy bien. Nosotros esperábamos treinta minutos de espera. Pero acabaron siendo dos horas y media en medio de la nada, en un pueblo serbio a las 15:00 de la tarde. Se desmayó una mujer.

Para hidratarnos, entramos en la casa de la estación, que resultó ser un museo en miniatura. Un calendario de Putin, un mapa en el que no salía ni Montenegro ni Kosovo y una estética yugoslava. Todo el tren llenó su botellita de agua en la casa. Un poco de aire acondicionado no sentaba mal. La desesperación de la situación llevo a cierta gente tomar un bus directo a Belgrado desde allí, pero la mayoría aguantamos hasta que llegamos, tras siete duras horas, a la capital de Serbia y de la antigua Yugoslavia.

Llegamos sobre las 18.00, teniendo en cuenta que habíamos salido del hostal de Budapest el día anterior por la mañana. Un día y medio para llegar a Belgrado. ¿No está mal, no? Aun así, la Odisea no había acabado.

Anochecía y los carteles estaban en cirílico, aunque teníamos una ligera indicación para llegar a casa de Milan (nuestro host en Belgrado) tomar el bus 46 y bajarnos en Zvezdara pijaca. Preguntamos a un chaval que había y casualmente iba a la misma parada. Nos bajamos. Llamamos a Milan. Unos cinco minutos después, apareció. Saludándonos desde el otro extremo de la calle con una sonrisa.  

Historias de pistolas y comadronas

Agosto 2017

Suena el despertador. Mochila equipada, nos espera un día incierto. Llevamos algo de provisiones para aguantar unas horas. Ese algo es una botella de litro y medio de agua, unas almendras y unas galletas. Nos metimos un buen desayuno en el hostal y partimos hacia Belgrado. Tomamos el precioso tranvía –con vistas al Danubio- que nos dejaba en una estación al oeste de Budapest, y desde allí teníamos que coger un bus que nos acercaba a un punto sugerido por el portal hitchwiki.org, la Wikipedia de los autostopistas.

El punto era el siguiente: Gyáli út, situado a las afueras de la ciudad. Llegamos alrededor de las 9:45, hora en la cual el sol comenzaba a molestar bastante.

Al llegar nos dimos cuenta que ya habían dos grupos de mujeres esperando para hacer autostop que, no por casualidad, habían llegado antes que nosotros. Los horarios de los latinos son más lentos y el sentido de la puntualidad no existe, más aun cuando vas con un viajero lento.

Hay cierta solidaridad y ayuda entre mochileros, pero cuando se trata de autostop, se ha de tener en cuenta que no puedes ni debes quitarle los coches a los mochileros que llevan esperando más tiempo que tú. Así que nos pusimos en un lugar intermedio, bajo un sol que te quemaba el cerebro. El brazo se ponía moreno mientras sostenía un cartel que ponía Beograd (Belgrado en serbio) y otro que ponía Serbia. . 

Recogieron a las chicas al rato, pero nosotros seguíamos allí, comiéndonos los mocos. En nuestro caso, dos hombres lo teníamos a priori más complicado. Íbamos de negro, con algo de barba y éramos más morenos que muchos viajeros europeos. La imagen y los estereotipos son claves a la hora de hacer autostop. Hay algunos consejos para mejorar, pero mi truco siempre era sonreír.

Tras esperar una hora y media bajo ese sol, en el que tuvimos que cambiar de cartel a Szeged (ciudad del sur de Hungría) para aligerar, nos recogió una mujer mayor que se dirigía allí. Por lo general, resulta más fácil hacer autostop a nivel nacional, ya que pasar por las fronteras suele costar: la gente quiere evitarse problemas llevándote en el coche y, en general, se hacen muchos menos trayectos de país a país que dentro del mismo.

Subimos al Opel Astra, en el que hacía un calor épico y nos adentramos en la autopista con las ventanas abiertas, para que el viento nos hiciese un efecto más agradable. Estuve hablando la hora y media -con un inglés simple y básico- con la mujer hasta que nos dejó en el centro de Szeged. Y me contó la historia de su vida que era realmente impresionante.

Se trataba de una médica húngara, izquierdosa y en contra de las políticas de Viktor Orban, el primer ministro de Hungría desde 2010. Según ella, Hungría había tenido un retroceso democrático con este hombre y que en la época socialista se vivía mejor. Lo impactante de su historia era que había pasado en sus últimos 20 años.

Estuvo siete en prisión, cinco de arresto domiciliar y actualmente no puede salir del país ni trabajar en ciertos sitios. De hecho, iba a Szeged a cuidar a su madre de 96 años. El delito que cometió fue trabajar clandestinamente de comadrona, en la que en uno de los partos, una criatura pereció y fue denunciada por la madre. Una historia dramática y una vida perdida. Y una mujer condenada por sus errores del pasado. Mientras escuchaba todo esto alucinaba.

Nos dejó en el centro de Szeged, la tercera ciudad más grande de Hungría, con 161.000 habitantes. El calor abrumador nos perseguía y nos refugiamos en supermercado para hidratarnos y comprarnos algo de comer, con el poco dinero que nos sobraba de Budapest. Pusimos el pareo en un parque donde había sombra y comimos un humilde bocata de jamón y queso acompañado de una Xixo Cola (nos hizo gracia el nombre y la pillamos, casualmente mi compañero de viaje llevaba la camiseta de Los Chichos).

Nos quedaban unos 5-6 euros aproximadamente, y aun teníamos que llegar a Serbia. Tomamos un café en un bar, descansamos con aire acondicionado y pillamos Wi-Fi para saber qué hacer. Además, estuvimos hablando con los dos camareros, que eran de origen serbio. Aprovechamos para explicarle nuestro viaje. Sucedió algo curioso, a la par que esperable, y era sobre Albania.

  • Pues verás, en nuestro viaje queremos ir a Serbia, Bosnia, Montenegro, Albania, etc?
  • ¿Albania? ¿Lleváis pistolas? (Dice riendo)

Más allá de los tópicos albaneses que oyes desde fuera, la crítica serbia suele ser bastante furibunda e incluso en muchos casos racista. A Albania se le concibe como un país mafioso, peligroso y no apto para serbios. Existen malas relaciones entre ambos países, sobre todo por el polémico tema de Kosovo, que durante el diario se irá explicando con detenimiento.

Después del café y los “consejos” para Albania, caminamos hasta tomar un bus que nos llevaría al pueblo más cercano a la frontera. Tras 30 minutos en el bus, repleto de gente con maletas, llegamos a Röszke. A partir de allí, teníamos que cruzar la frontera caminando con las mochilas.

Fue un momento bastante épico. Nunca había cruzado una frontera caminando. Eso en Europa era cosa de refugiados, no de clasemedianos occidentales. El policía de las aduanas, tras mirarme la cara de mi pasaporte (parezco salido del Cártel de Sinaloa, ya que fue tomada un día de resaca y espero que no me traiga problemas en un futuro), me comentó lo siguiente:

  • ¿A dónde vas, Martín?
  • Belgrado
  • Okey, ningún problema. Disfrutad(Me puso el sello en el pasaporte y avanzamos)

La frontera entre Hungría y Serbia se militarizó en 2014 cuando Viktor Orban construyó un muro entre los países para evitar la llegada masiva de refugiados. Un muro de alambre de púas de 4 metros que recorre los más de 500 kilómetros de la frontera húngara con Serbia y Croacia. La europa soñada, democrática y libre, dista mucho del viraje húngaro, que con su amigo polaco están poniendo en jaque muchos de los principios europeos.