En Marruecos, pensando en el Sáhara

Enero 2019

NOTA IMPORTANTE: Gran parte de la información del diario viene de las conversaciones con mi amiga Arena. Gracias a su conocimiento del país y a su dominio del darija, el dialecto árabe hablado en el país, he podido profundizar mucho más y conocer aspectos esenciales de Marruecos.

Visité Marruecos por primera vez fue en diciembre de 2016. Un viaje de unos cinco días al clásico Marrakech y al desierto. Guardo un buen recuerdo de la que para mí fue la primera toma de contacto con el mundo árabe. Dos años después, muchas cosas han cambiado y mi interés por el país ha crecido: Marruecos me parece cada vez más un lugar cercano en todos los sentidos.

Marruecos, en lo que respecta al mundo musulmán, es un paraíso para los occidentales. Es mucho más turístico y liberal que cualquier otro país. En Rabat existe una élite diplomática extranjera; en Assilah, una medina habitada por europeos; en Chefchaouen, fumadores de hachís internacionales, y en Marrakech, unas poderosas infraestructuras turísticas.

El turismo desempeña un papel esencial en la economía del país. En 2017 visitaron Marruecos 11,7 millones de personas y el sector representa un 11,4% de su PIB. De alguna manera, si eres turista estás protegido en el país, más allá de que seas un “dólar con patas” y de los dramáticos episodios como el de las chicas nórdicas asesinadas recientemente.

En general, Marruecos en un país seguro y sin apenas indicios de terrorismo, al que se teme enormemente por los posibles efectos en el turismo. De hecho, Marruecos es conocido por sus servicios de inteligencia y el director general de la policía, Abdelatif Hamuchi, parece que sepa todo lo que ocurre en cada momento.

Desde el momento en el que entras en el país hasta que sales, las autoridades sabrán donde estás. La sensación no es que haya un sistema supertecnológico de vigilancia, sino un sistema de favores en la escala del poder. Quizás el vendedor de tabaco sin dientes de la esquina es un chivato del rey.

En el aeropuerto te pedirán dónde duermes (como en muchos otros lados) y te preguntarán tu profesión constantemente. Cada vez que haces el check-in en un hostal, los administradores están obligados a rellenar un documento con más información. Te volverán a preguntar tu profesión.

Aun así, estas cosas pasan en muchos sitios. La Unión Europea y Schengen son casos únicos –y en proceso de descomposición-, así que en muchos otros países, independientemente de sus sistemas, las cuestiones de control y seguridad podrán resultar parecidas. 

El vuelo a Tánger transcurrió con normalidad pese al madrugón. Llegué al aeropuerto a las 9 de la mañana y me quedé esperando hasta las 14.30 a que llegase mi amiga. Durante esas casi seis relajadas horas aproveché para leer, escuchar música y ver algún documental del mundo musulmán. También saqué algo de dinero en un cajero. 

Cuando quiero ver reportajes interesantes, siempre tengo la costumbre de ir directamente a Al Jazeera y esta vez vi un reportaje sobre los camioneros marroquíes que salen de Agadir en dirección a Senegal, pasando por las peligrosas arenas del Sáhara Occidental y Mauritania. Sin apenas dormir, con unas condiciones pésimas y un calor abrumador, estos conductores recorren miles de kilómetros transportando mercancías hasta Dakar, muchos de ellos sin esperanzas siquiera de volver.

En el documental se explicaba, entre otras cosas, los problemas fronterizos derivados de las relaciones entre Marruecos y el Sáhara Occidental, un tema de máxima preocupación para los marroquíes. Esa parte del Sáhara es históricamente su asunto principal de seguridad y no consideran al Sáhara Occidental como un territorio independiente.

Basta con observar los mapas. Tanto los colgados en las paredes de algunos hoteles como los que se pueden adquirir en librerías incluyen el Sáhara como una parte más de Marruecos. Este vasto territorio es esencialmente desértico y está habitado por apenas 300.000 personas, pero atesora importantes reservas de fosfatos.

La administración del Sáhara occidental está controlada casi en exclusiva por Marruecos. He escuchado grandes críticas al papel del Frente Polisario, los revolucionarios saharauis, como una “organización mafiosa que se dedica al tráfico de drogas”. Hoy en día el Sáhara Occidental es uno de los pocos territorios no autónomos que quedan en el mundo tras el proceso de descolonización.

Hace un par de años, la empresa sueca Ikea intentó abrir una tienda en Marruecos, pero se encontró con dificultades. El país nórdico, que se hallaba inmerso en un proceso legislativo para reconocer a los saharahuis, tuvo que modificar su posición para que su empresa pudiera instalarse. Contradicciones e intereses de la política internacional. Algo que me llamó la atención fue una versión marroquí, llamada Kitea, que pretendía emular los servicios de la multinacional sueca.

Fotografia extraída de kitea.com

El contencioso saharaui sigue en pie en la actualidad y es uno de los responsables de las malas relaciones entre Marruecos y Argelia. No existen vuelos directos entre estos países vecinos. Desde Marruecos, por ejemplo, se percibe a los argelinos como personas más violentas. Ideas generadas por una disputa histórica cuyo origen no es en absoluto el Sáhara Occidental –Argelia apoya en la sombra al Frente Polisario-, sino que sus raíces son mucho más antiguas.